miércoles, 30 de enero de 2013

Cuentapropistas



Uno. Dos. Y un trío. Caminan por la avenida y se meten en la curva, ahí donde se abre una callecita que entra en el parque. Es día laborable, casi mediodía. No hay marcas ni carteles, ni dudas sobre dónde doblar.

A pocos metros se ve una parrilla improvisada con ladrillos viejos y una reja sucia. En el piso, brasa, mucha brasa. Sobre los hierros, trozos de carne y chorizos en cocción avanzada. De costado un atizador, un palo, una pinza y una palita. El maestro asador, de unos 30 años y 150 kilos se seca la transpiración con el repasador que le cuelga de la cintura. Pantalones cortos, ojotas, sin remera y con un gorrito de lona, decide qué y cuándo sale lo que sale entre panes.  

Perpendicular a la parrilla hay una tabla que sobre un pedazo de hule descolorido con un salero, dos cuchillas, un rollo de papel de cocina y tres ensaladeras: una con tomate, otra con lechuga y la tercera, más chica, con una pasta aceitosa con vocación de chimichurri. Debajo de la tabla, que apoya un borde en un tronco de árbol, descansa una bolsa con varios kilos de pan.  
Un rastrojero viejo, de color naranja y con la puerta de atrás volcada encierra bebidas en bolsas con hielo. Asoman botellas de cerveza y gaseosa de tercera marca. O cuarta, según.

El microcentro es una sucursal del infierno. Los tacos de las señoras se hunden en el asfalto, las camisas de los señores se empapan desde adentro. El tránsito está tan detenido que no hay clientes.

El tipo toma por el bajo, sube bordeando el río y se mete en la avenida que parte en dos el gran parque. Avanza mientras fantasea con que esas oleadas de aire caliente se conviertan en brisa fresca. Sin dudar sale de la avenida y mete el auto en la callecita.
Estaciona, saca las llaves, abre la puerta y desde afuera saca la toalla transpirada que tapa el cubreasiento de bolitas de madera. Abre el baúl, tira la toalla adentro de una bolsa, saca otra bolsa del baúl y lo cierra.

Cruza. Espera su turno.
 –¡¡Guardáme tres, paso en media hora!!- grita un pibe desde arriba de una bicicleta en movimiento. El parrillero levanta la vista y el pulgar hacia el ciclista.
Otro intercambia gestos con alguien que está dentro del parque, cerca de una jauría de perros atados. Se lleva tres choripanes y dos cervezas de litro, perdiéndose en el bosque.

-¿Qué te doy?-
-Un chori y un vacío.- El tipo e extiende un taper que sacó de la bolsa.
-¿Sale con pan?-
-Sólo el chori, estoy a dieta.- Ambos se ríen a carcajadas. –Hacélo completo.-
El parrillero le da el taper con la carne a un joven ayudante. -Ponéle tomate y lechuga y cobrále.-
El pibe le acerca  la comida y un par de hojas del rollo de papel.
El tipo paga, saluda y camina hasta el auto. Entra, apoya el taper sobre el asiento del acompañante. Agradece que sea viernes: puede internarse en el parque con el coche.

Estaciona frente a un bosquecito. Saca del baúl una reposera, cruza y elige la zona de pasto bien verde y sombra ancha para abrirla. El baúl es una caja de sorpresas: va y viene acomodando un cajón que hace de mesita, el taper con la comida, cubiertos, el celular con auriculares, una heladerita con bebida fría y la comida de dieta que le preparó la mujer.
Entre viajes patea un preservativo usado y una tanga roja de red. Deja pasar a una chica que corre mientras la scannea. –¡Vamos, falta menos!-

Descalzo, pisa el pasto y respira hondo. Se quita la camisa y la cuelga sobre el respaldo de la reposera. Se sienta. Toma un gran trago de la botella. Una brisita se cuela entre las ramas bajas. Apoya la espalda en la reposera, cierra los ojos. Sonríe.
Se acomoda los auriculares en los oídos, elige una lista y la deja correr.

Apura el choripan y se lanza sobre el vacío. Con un poco de culpa deja un borde de pan francés. Piensa en el trabajo de oficina que abandonó hace dos años. Piensa en el microcentro caliente. Piensa en la vianda que le preparó su mujer.
-No, no me arrepiento.- Sonríe. Canturrea. Y sonríe otra vez.



lunes, 31 de diciembre de 2012

Zapatillas para 2013



Era una película oscura, casi muda, monocorde. A la hora la abandoné. ¿Qué había querido decir el director? ¿Cuál era el foco del guión? El hilo mostraba una protagonista que se despojaba de todo: vínculos, trabajos, objetos. Nunca terminé de verla. Quizás, llena de mis sonidos, planos y colores, la estaba viviendo.

Mi 2012 tuvo bastante de eso. Despojarme para cargar sólo lo necesario, para hacer la vida más liviana. Despojarme del primero al último día, casi con una actitud militante: tirar el papelito inservible –y no guardar nuevos papelitos-, reducir una parte de la grasa molesta, guardar amorosamente en la memoria esos vínculos que en etapas anteriores fueron casi fundacionales pero no pueden acompañar la etapa actual.

Despojarme sin darme cuenta, porque eso es lo que pasa cuando las convicciones se hacen carne: cada tanto pensamos en ellas pero no estamos pendientes. Y hoy, pensando en este post me di cuenta de cómo todo este despojo elegido – que no empezó este año, no señora, no señor- era eso que me dejaba tan libre por la vida.

La ficha entró desde el piso: dediqué varias semanas a averiguar qué era ese movimiento raro, casi gelatinoso al correr. Tenía un peso extra en los pies, un juego que ningún tipo de media pudo absorber. No era la crema, ni la pedicuría, ni las medias, ni el calor: me quedaron grandes las zapatillas que compré hace un año. Mis pies van volviendo a lo que eran, se hicieron más ligeros, y no me di cuenta hasta hoy.

-¿Vos decís 38? ¿Estás seguro? No, mejor traé uno más.-
-Sí, si querés te traigo para probar, pero 39 va a ser grande.

Desde hace 3 meses repito esta escena en cada zapatería en la que me pruebo algo. Hasta ahora el vendedor siempre tuvo razón. Como siempre, la cabeza llega más tarde.

Vivir más liviana abrió espacio para cosas nuevas: curso de cine, de guión, volver a escribir, seguir buscando y coronar con el desafío de volver a ser estudiante.

También me atraganté de kilómetros y llegaron las lesiones. Tanto desierto tuvo varios oasis: un médico y dos kinesiólogas que me entendieron y confiaron y un montón de twitter runners que me ayudaron a aceptar que el objetivo de la Media Maratón quedaría para 2013. Mención especial para el equipo que me eligió sin conocerme para correr la Maratón por Equipos a pesar de mi paso de tortuga. Reírnos juntos fue un gran momento del año.

Mejor ver el estante vacío que lleno de problemas; sostener que el trabajo es sólo una parte de la vida me ayudó a decir “NO” en muchos momentos. No a más trabajo, no a malas condiciones de trabajo, no a las decisiones que destrozan los objetivos. Los éxitos desde la levedad se paladean como un chocolate finito, tanto que se deshace en la boca: sólo había que tirar del piolín, abrir la oportunidad, y la capacidad de liderazgo y conducción estaban intactas. 2012 trajo mucho chocolate, aunque no haya tenido una gota de Patagonia. Con las manos libres abracé a los valiosísimos recién llegados y me sostuve cuando me sorprendieron los cachetazos. Y un cachetazo parada firme se siente como el último que vas a recibir.  

Tuve más abrazos: fueron para toda esa nueva gente que llegó para sumar en los últimos años. A muchos los incorporé a la vida cotidiana de los átomos pero con la mayoría sólo nos reconocemos por lo que ponen los dedos en un teclado. Y están ahí, cada día.  Sí, sí, alguien, alguna vez, debería escribir esa historia. Sí, sí, ya lo dije 300 veces.

Liberé espacios de los pies a la cabeza. Y en el medio, el corazón.

-¿No te duele que no te llame, que no se interese por vos, que no esté?-
-No. Dolía antes, cuando había que elegir una respuesta que no le molestara, un momento justo para hacer una cuña y que me escuche, una coraza para evitar los comentarios agresivos, una gambeta triple para encontrar un programa que nos guste a todos. Hoy tengo lindos recuerdos y el corazón abierto a gente nueva.-

Hace como un mes que las miro sabiéndolas un capricho. Blancas, con breves líneas violeta y la pipita verde. Era mucha plata para algo innecesario. El jueves cuando vaya para Callao y Santa Fe ya no me va a dar culpa comprarlas. Ahora necesito zapatillas un talle más chico. Zapatillas justas para mis pies. Porque si no ¿qué voy a calzarme para entrenar la Media Maratón 2013? ¿Eh? 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Pega esto en tu muro

Por el hambre en el mundo. Por el cáncer. Por los niños "piel de cristal". Porque sos mamá. Porque sos hija. Porque sos tía. Porque sos sobrina. Porque tuviste a la mejor mamá, la mejor tía, la mejor sobrina, la mejor hija. (Los varones son menos proclives a estas cosas, se ve.)


Un día -cada día- abrís tu cuenta de Facebook y te encontrás con un mensaje de estos. Lo leés y quizás te rías, quizás te emociones, quizás te parezca que establecés un compromiso y... ¡zas! quizás lo pegues. Los mensajes fueron mutando y la mayoría pide que "lo dejes pegado al menos una hora" para cerrar con que sabe que "el 97% que no lo pegará" y que "ojalá seas del otro 3%".



Yo soy del 97%. Primero que nada porque leo, pienso, analizo. Y luego, no recuerdo haber visto un mensaje que justificara ser copiado. Veamos: 


¿En qué ayuda a la lucha contra el cáncer pegar un texto y replicarlo al infinito? En nada. Si de verdad querés ayudar podés informarte, llevar un estilo de vida saludable, hacerte controles, no ponerte en riesgo, educar a tus hijos en esa línea, transmitir un mensaje de salud en tu trabajo. También podés acercarte a una ONG y donar tu tiempo para que los enfermos de cáncer la pasen un poco menos mal. Y también podés donar dinero a organizaciones científicas serias que investigan para mejorar. 

¿En qué ayuda que compartas al infinito la foto de un menor supuestamente perdido? A veces en mucho. A veces en nada. A veces obstaculiza la búsqueda, estigmatiza al menor, lo pone en riesgo. ¿Cómo ayudar? Comprobar la veracidad del mensaje antes de seguir difundiendo: llamar al número de contacto, chequear el caso en la web de Missing Children. A veces surge de un padre que la Justicia separó de su hijo para proteger al menor; a veces -muchísimas- es un caso falso con una foto real o un caso resuelto hace tiempo. Las fotos circulan y no permiten a los chicos volver a una vida de chicos. Los mensajes circulan levantando datos para cometer delitos informáticos.



¿En qué ayuda que pidas con desesperación un órgano? En nada. Sólo lográs angustiar a quién ve el pedido. Salvo que conozcas a alguien que ande con un órgano en la heladera, listo para la ocasión. La donación de órganos en la Argentina es responsabilidad del INCUCAI y los transplantes se organizan según una lista de prioridades y de emergencia que incluye las compatibilidades. ¿Querés ayudar? Sé donante. Hablá con tu familia, dejá tu deseo por escrito, acercate a donar sangre periódicamente, informáte sobre cómo ser donante de médula. Educá a tu gente, a tus compañeros de trabajo, difundí la importancia de la donación para que más personas donen y sepan cómo reaccionar frente al dolor de una muerte cercana.


¿En qué ayuda que viralices un mensaje psicopatón? En nada. La verdadera conciencia y adherencia a la situación de personas que padecen distintas enfermedades o problemas no se logra diciéndole al otro que si no pega algo en su muro es un insensible, un indiferente, un subhumano. ¿Querés ayudar? No discrimines ni en tus acciones, ni en tu discurso ni en tu pensamiento. Promové la inclusión desde tu casa, desde tu trabajo, desde cada cosa que hagas. Educá a tu gente en esa manera de pensar: hay tipos que son una mierda porque tienen valores de mierda, no porque son gordos, tullidos o limitados. No festejes barbaridades que discriminan. Y cuando te toque un "pan y queso" para elegir lo que sea, no dejes afuera a los "imperfectos".     

¿En qué ayuda que difundas que hace falta una máquina superespecífica para algo en particular? En nada. ¿Querés ayudar?  Conectáte con la fábrica o el lugar donde esa máquina se encuentre y tratá de conseguir la donación. 


Un "pega esto en tu muro", un "dále RT" o acciones similares suenan más al viejo "pasálo y que no vuelva" en versión 2.0. Y ya estamos grandes, lo suficiente para saber que el "pasálo y que no vuelva" es una piñata llena de falta de compromiso, mezquindad y avivada. ¿Querías ser solidario, inclusivo, buena gente? Pensálo. La ruta del "pega esto en tu muro" no tiene ese destino. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Leicaj es el de mi bobe.

Faltábamos dos días a la escuela. 
Nos vestíamos con más cuidado y con los zapatos guillermina de charol.
Llegábamos a la tardecita y esperábamos que los hombres volvieran del templo, en una casa de grandes, sin juguetes y llena de cosas viejas que se rompen. 

-¡Aguitiur! - se escuchaba cada vez que se abría la puerta. Las nenas cogoteábamos desde el pasillo a ver quién era.
-¡Aguitiontef!- se entusiasmaba el que llegaba, confundiéndose en un abrazo o algo así. Y, uff, había que dar un montón de besos en una nube de perfume de tía vieja que confundía los nombres de las sobrinas.

Sacaban platos, copas y cubiertos del mueble oscuro del comedor y ponían la mesa gigante con mantel. La cocina explotaba de guefiltefish, knishes, varenikes, latkes, pollo al horno, farfalaj y todas esas comidas que sólo se comían en las fiestas. Bueno, ellos comían. Mi plato sólo tenía pollo y papas y miles de "¿pero no querés? Pero si no lo probaste...". 
Ah. El leikaj de la bobe merece un punto y aparte. El leicaj es una masa dulce, clarita, arrollada sobre una capa gruesa de dulce de membrillo con nueces. Ese era el leicaj de mi bobe así que no voy a discutir sobre el punto. Las cosas tienen el nombre de la primera vez.

Éramos herejes que íbamos a la escuela pública y no participábamos de la parte religiosa y tradicional de las fiestas judías, así que no entendíamos nada. Sin animarnos a preguntar, la noche se transformaba en una cena formal con comida de nombres raros, con gente desconocida que habla de nosotras como si nos conociera.
Cada encuentro daba una oportunidad para pelearse con alguien y los adultos nunca la desaprovecharon. Hasta que provocaron una pelea de la que no se pudo volver y dimos un paso a la libertad. ¿O fue otra cosa la salida del circuito de fiestas familiares? 


Trabajar en una escuela judía y cierta parte de la vida compartida con un hombre de leve compromiso religioso me enseñaron algunas cosas sobre las fiestas, la cultura y la tradición. Al idish se sumó el hebreo y llegó el shaná tová umetuká, los cartisim brajot, el jaroset, la caravana por los templos a ver los oficios de los rabinos amigos, una nueva familia tan amorosa como negadora.

Quizás madurar sea elegir de la propia historia lo que tiene que ver con una y dejar atrás el resto. 

Me quedó prendido el calendario: cada septiembre me sorprende de balance y cada octubre tengo un plan para el nuevo año. No, no espero a septiembre para tomar decisiones ni uso iamim noraim para pensar en mis errores: lo hago cada día. 

Me emociona ver a gente que se quiere renovando votos de afecto, planeando su año y pidiendo perdón sincero tanto como detesto con profundidad visceral a los que repiten saludos y deseos por los que  no se comprometerán. 

No compartiría jaroset con todos pero sí les deseo un shaná tová umetuká, porque nadie merece no tener un año bueno y dulce. ¿Y si eso fuera lo que cambie al que se portó mal, fue deshonesto o abusó de la confianza? El mal bicho está entre nosotros y a muchos se los desarma con un abrazo. 

Pasados los 15 la religión estuvo lejos y allá sigue: eso también es madurar.

Y, sí. Sigue sin gustarme la comida judía del Este, blancuzco-grisásea, llena de grasa y harina, con tanto recuerdo de guerra y persecución. Igual, en 5773 me propongo ensayar una receta de leicaj. No, no. No esa torta de miel, bizcochuelo desabrido que los otros llaman leicaj. Leicaj es el de mi bobe.





miércoles, 12 de septiembre de 2012

Maestros ¿siglo XIX o XXI?

Ayer se festejó el día del maestro en la Argentina, en conmemoración de la muerte de Domingo Sarmiento, padredelaulaSarmientoinmortalgloriayloorhonrasinpar.
La cobertura de la escolaridad primaria en el país pisa el 100%, ergo, todos tenemos alguna experiencia y alguna convivencia con maestros, aunque sea por haber pasado como alumnos por la escuela. 
Quienes trabajamos en Educación sumamos esa experiencia a la trastienda: no es lo mismo cocinar que sólo sentarse a la mesa. 
¿Quiénes son esos señores a los que delegamos la educación formal de nuestros chicos? ¿Son tan parecidos a los que conocimos como alumnos? ¿Son tan distintos?

Ya no son sacrosantos. Ya no van a la escuela con un guardapolvo impecable. Ya no son la autoridad académica y fuente de consulta familiar. Y quizás ahí se terminen las coincidencias. Y esto que dejaron de ser como colectivo probablemente marque una pintura de época: en el siglo XXI cambió el armado del mundo y eso se ve en cómo se construye y circula el conocimiento y en lo desfasados que quedaron. Hay un viaje que va desde enseñar un contenido que quedó viejo al enseñar a aprender. El que no lo hace se quedó en el tiempo. Y probablemente ese sea el que no logra el respeto de las familias. Los maestros que se forman con los nuevos planes de estudio aún no llegaron a las escuelas. 
A eso se suma el ponerse por delante de todo y acumular licencias por lo que sea. Hay maestros que pasan muchos, muchísimos días fuera de la escuela por temas personales. Hay escuelas que no pueden reemplazarlos y hay chicos que, aún cuando se cumplan con los formales 180 días de clase, no tienen maestro. Hay chicos que cursan formalmente un grado pero su escritura, su comprensión de consignas y su operación lógica responden a modos de niños mucho más pequeños. Y cuando esto se ve en grados superiores habla del desempeño de muchos maestros y equipos directivos.  

Sí, ya sé. Algunos maestros que lean esto se van a enojar. Pensarán que no los representa, y puede ser. La escuela privada tiene otras reglas, existe la precarización y la inestabilidad laboral, y los maestros participan de otros circuitos de capacitación por fuera de los cursos con puntaje y sin aporte para la tarea. 

También están los maestros que desde la escuela pública se rompen por trabajar con responsabilidad y además estudian. ESTUDIAN y se forman para hacer ese viaje imprescindible. A pesar del sistema y de la institución jugando en contra y de la multiplicidad de acciones que todavía la escuela pública tiene a cargo, porque son prioridad y porque si no se hacen allí no se hacen. 

Yo elijo homenajear a esos maestros: los que trabajan por una escuela inclusiva, que toma el pulso social y elige enseñar desde aquello que es importante para mejorar la vida propia y la del entorno. Si el empoderamiento en el siglo XIX circuló por la escuela fue impulso de Sarmiento. Hoy está en manos de los que participamos en la educación.   

lunes, 10 de septiembre de 2012

Meditar

La ciudad se fue llenando de carteles y críticas. Carteles caros, carísimos y críticas con sorna, con un fondo de risa, de menosprecio.
Que si el gobierno pagó un dineral por actividades de un gurú con presencia internacional y cuestionamientos groseros hacia el manejo de los fondos, que si es un chanta vendehumo pagado a precio vil por ricos con tristeza, que si es un manipulador que opera sobre los débiles de espíritu. 
Las opiniones oscilaban entre la indignación por la cantidad de prioridades que se podrían haber resuelto con ese dinero y la risa por la clase alta vulnerable al comercio de la inseguridad emocional.

Sí, a mis ojos también es un chanta aprovechador de las debilidades de la gente, pero hoy miré a todas esa personas que se juntaron en el Planetario. Eran muchos, muchísimos: por lo menos como 10 carreras de las más masivas que se corren los domingos en ese mismo lugar. Las cámaras enfocaban a señoras de edad mediana, apariencia de clase media que quiere ser alta y postura corporal acostumbrada a ese ejercicio; todos parecían conocer lo que había que hacer.
Pasé años viendo personas que buscan respuestas, alivio, ayuda. Y en los últimos aprendí a aceptar que cada uno encuentra lo que necesita donde puede. Los lugares en los que se refugian las respuestas de la ciencia corrieron las fronteras de lo aceptable: ¿te importa la ciencia o vivir feliz? Si lo que alivia es una nube de humo: ¿alivia menos? 
Pude ver mucha gente llevando su vida con una sonrisa después de tantísimo tiempo. ¿Quiénes somos para decir en qué lugar está la puerta que abre para el lado del abrazo? La respuesta está en donde cada uno la encuentre. Quizás la felicidad no requiera respuesta de la ciencia. Y quizás algunas respuestas pretendidamente científicas sólo hayan sido parte de otra religión. (Hola Freud, otro día te atiendo a vos.)

Pero nada es perfecto, una cosa no quita la otra y una serie de lugares comunes más tarde pensé que esa gente tiene que estar entre nosotros: la recepcionista del centro médico que nunca tiene turno, la maestra de tu sobrino, nuestro jefe, tu vecina, la que se brota en cada reunión de consorcio, la administradora del edificio, el cirujano de urgencias. 
Entonces, que el gobierno de la ciudad destine plata que podría ir a reparar el hospital incendiado, o a mejorar las condiciones laborales del equipo de una unidad pediátrica que cerró, o a incentivar cargos docentes en el cordón sur de la ciudad es sólo una parte del problema. 
No puedo dejar de ver la otra parte: toda esta gente con necesidad de paz interior todos los días toma decisiones que nos afectan. Me impresiona que estemos tan cruzados por la necesidad de respuestas huecas, que gente adulta necesite de monitores para ordenar su respiración, de asistentes que le enseñen a vivir algo que es instintivo y natural. 
Manejan una familia, una casa, una empresa, un área de gobierno, el presupuesto de una megainstitución, un quirófano, pero necesitan asistencia para hacer y decidir sobre lo más instintivo y personal. 
¿A dónde habrán llevado su vida para necesitar de este acompañamiento? ¿En qué condiciones tomarán decisiones sobre cosas que nos afectan y nos condicionan? Eso es lo que me asusta: los inseguros emocionales decidiendo sobre todos. Por lo demás, turros y aprovechadores hubo siempre. El gobierno de la religión lleva mucho más que dos siglos. 

domingo, 19 de agosto de 2012

Te lleva una canción


Un día llega el día. Lo miro con desconfianza. El plan era salir a comprar botas, almorzar y cumplir el entrenamiento del día. Después de tanta lluvia lo lógico era salir a comerse el sol, pero no.

Hay impulsos que se esperan por años, entonces, cuando llegan hay que convidarles un mate y seducirlos para que no se vayan. Si, sí, seducirlos en el peor de los sentidos.

Abro la puerta de ese cuarto dispuesta a echar los fantasmas, a tomar el poder. Nada profundo, tirar, tirar y tirar todo lo que me dieran las manos. Desprenderme de los objetos, que después de todo, sólo representan lo que anida adentro y ese cuarto está lleno de tiempos muertos.

Apago la radio, apago la tele (sí: en esta casa cada ambiente tiene un sonido distinto). Busco un CD. Miro los de las que me sé de memoria y los descarto: hablan del pasado y liberan emociones. No estoy dispuesta, quiero el costo afectivo más bajo de mercado. Elijo una música brasilera que no me dice nada. Sólo hace fondo mientras estudio cómo hacer espacio en ese cuarto, corro las primeras cajas, organizo la logística. Paso por un Pedro Guerra de las que no conozco, trapo húmedo en mano. Lindo, amor, afectos, encuentros, desencuentros, igual que el cuarto, el pasillo, el living, lo que voy llevando a lavar a la cocina. Mantengo la mente fría, las pilas clasificadas en cierto orden y la emoción en baja. Y ya estornudé varias veces, que la tierra y las pelusas vuelan pero todavía no tengo movilizaciones de ácaros pidiendo por las casas derrumbadas.

El corazón pide movimiento. Los dedos se me van hacia la música que me lleva a la adolescencia y los dejo ir. Alcanzan los primeros acordes de un Sui Generis grabado en vivo para estar adentro del recital. "Ooooooh, ooooh", repite el coro, repito yo. No, no salto como en ese entonces. 
No me da la edad para haberlos visto tocar pero ahí estamos, adentro de un estadio con Gaby y Marcelo, quizás alguna de las chicas o mi hermana, no sé. Pasaron siglos pero tengo hasta los gestos de los amigos. 
Lo veo a Marcelo apoyado sobre un tronco maltratando las cuerdas de la guitarra, a Gaby borroneando un papel, igual que yo, quizás espalda con espalda sobre el pasto o en las escaleras del edificio de la calle Tucumán. 
Me río cuando cambio las letras a conciencia y cuando gritamos fuerte "ESA CARETA IDIOTA QUE TIRA Y TIRA PARA ATRÁS". Nos miramos a la cara y cada uno sabe a quién dedicamos ese "idiota", al borde del insulto permitido para la época. 
Adentro de Obras, en el micro o en el tren yendo a San Miguel, siempre hay un "nena" por agregar. Estamos llenos de adolescencia, de cassettes regrabados y rebobinados con la Bic, de rebeldía hacia lo que venga impuesto. Somos los preferidos de los madrijim (1), los que leemos, los que escribimos, los que consumimos materiales prohibidos por la Dictadura. Estamos terriblemente solos pero de eso voy a enterarme muchos, muchos años más tarde. Hoy nos agobian las reglas adultas. 

¿El orden? Avancé bastante. Trapo, escobillón y plumero alejaron algunos fantasmas. Otros quedaron viviendo ahí. Al cuarto ya se puede entrar y logré instalar el wi fi en toda la casa. Dejé una parte hecha y mil pendientes, que quedarán hasta el próximo envión.
La casa tiene más espacio y yo no estuve un domingo encerrada. Estuve de paseo por mi adolescencia. Que a los lugares a los que no te llevan los colectivos, seguro te lleva una canción.


(1) Los madrijim son los coordinadores de grupos infantiles y juveniles que hacen tareas educativas y recreativas en instituciones de la comunidad judía.