jueves, 8 de septiembre de 2011

Tendinitis colectiva

Ayer los trabajadores del subte decidieron no cargar las tarjetas con las que viajan unos dos millones de personas en toda la región metropolitana de la ciudad de Buenos Aires. El argumento que eligieron para justificar la medida fue que causaba tendinitis, una lesión frecuente cuando se usa mal y /o excesivamente una zona en la que hay tendones. (Sé de lo que hablo: tuve mi primer yeso a los 15 y varios después por padecerla.)

La medida desató mucho enojo y una serie de comentarios que circularon a través de las redes sociales. La mayoría de los que vi fueron descalificatorios hacia un grupo de trabajadores que está exigiendo mejores condiciones de trabajo, cierto, con un argumento que deberían haber evaluado mejor cómo comunicar.

El enojo es parcialmente entendible. ¿Cómo no enojarse cuando no se puede llegar al trabajo, a la facultad, a cualquier lugar en donde nos esperan y donde asumimos un compromiso? Probablemente no hablemos de personas muy solidarias que digamos (son los mismos que cada mañana empujan, que "se duermen" en el asiento cuando sube una embarazada o un señor con bastón, que taponan la puerta cuando no van a bajar). La solidaridad endogámica de los trabajadores del subte molestó, quizás porque haya funcionado en espejo: no parece haber más solidaridad que con uno mismo y con el breve grupo de referencia en el que nos movemos. 

Es cierto que en este caso el enojo se dirige a trabajadores que maltratan al usuario y no muestran mucha iniciativa por nada que no sea en su propio beneficio. Es raro encontrar un trabajador del subte que sonría, que responda a una pregunta, que mire a los ojos, que mientras atiende una ventanilla no esté conversando con otro, que avise que te vende una tarjeta para un subte que está demorado en vez de sugerir una vía alternativa, que no esté contestando un SMS. Cuando atienden al público no hacen un favor sino que cumplen con su parte del compromiso, pero al hacerlo de mala gana cargan una energía que lleva a sentir que hacen un favor. Tierra fértil para sembrar enojo, resentimiento, violencia simbólica.

Nada de lo poco feliz que haga una de las partes justifica lo que haga la otra. Una vez egresados de la sala de 5 todo comentario que se justifique con un "él empezó" o un "si ella lo hace yo también tengo derecho" da cuenta de profunda inmadurez. 

Una de las cosas en las que me quedé pensando es en que las quejas destapan lo mal que se vive en algunos trabajos, cómo esto está naturalizado y cómo la cultura del sufrimiento está estampada en cada cosa que hacemos. Parece que si no se sufre no se está viviendo. 

"¡¡Ah, pero trabajar en una colonia no es trabajo, todo el día al sol en la pileta, qué viva vos!!", repetía mi madre. Explicarle que tenía un grupo de pibes a cargo y toda la responsabilidad que eso implicaba nunca sirvió. Si se sufre es trabajo, si no, no. 

Y no sólo nos sentimos con derecho a catalogar qué es trabajo. Todo ese enojo deja a la vista que mucha gente piensa "si yo sufro en mi trabajo todos deberían sufrir". Entonces, que otros tengan jefes o patrones que cumplen las leyes y gremios que pelean por buenas condiciones laborales es un problema. Claro, porque cuando se es parte de una institución que no reelige compañeros con aspiraciones gremiales o que frente a un accidente de trabajo no llama a la ART y obliga a cumplir el horario, cuando en la empresa no hay donde ni cuando comer, o niega las necesidades de los humanos exigiendo usar sólo el cerebro y las manos so pena de perder el trabajo podés acostumbrarte a que eso es lo correcto. 

Terminás pensando que nada puede interponerse a la conservación del trabajo, incluso cuando tu propia vida está en juego. Por eso, cualquiera que muestre que hay otras opciones es visto como el enemigo. Ridiculizarlo es parte de una defensa. 

¿Y si empezamos a exigir los derechos que nos corresponden en los trabajos que tenemos? ¿Y si ejercemos el derecho a la felicidad incluso con un trabajo que no colabora? Yo lo ejerzo cada día. 

La mayoría de las tendinitis que sentís que te arruinan la vida dependen de lo que vos te ocupes de cambiar.   






lunes, 22 de agosto de 2011

Alcanza con decidir


No esperes el momento perfecto, toma el momento y hazlo perfecto a tu manera.(robado de un tuit de Leti)



Me tomé la licencia de resolver que decidir viene del verbo hacer.
Nunca era un buen momento hasta que decidí que el buen momento era hoy, cuando no me importó el frío ni los gritos a la madrugada de mis pequeños vecinos. Me levanté con la sonrisa lista para volver a rodear dos veces el lago, até la  llave de casa a la zapatilla -es el punto de partida- y recordé los 10k que metí con -1º, así que estos 3º no serían obstáculo.

En la calle había poca gente, encamperada hasta la capucha, que mira mis gemelos descubiertos y la camperita de micropolar con incredulidad y algo de envidia. Me apuré. Creo que si una señora hubiera sabido que la remera era de manga corta me mandaba de vuelta. El frío del agua de la botella traspasaba los guantes de lana. ¿Mi excusa? Probar las zapatillas nuevas en calle. ¿Mi deseo? Volver. ¿Volver a qué? Volver a poder: correr, respirar ordenadamente, armar el cuerpo sin que sobre nada, estar entre gente a la que le gustan cosas parecidas, pensar con la cabeza libre, sonreír después del esfuerzo, que el esfuerzo no sea tanto, que cada vez haya nuevos esfuerzos. Correr me abre un mundo y quiero ese mundo. El pendiente estaba en salir a buscarlo.

Llené de preguntas la caminata hasta el lago. ¿Y si no llego? ¿Y si no puedo? ¿Qué piensa un tipo que te toca bocina desde arriba de un auto? ¿Estará abierto el local de Nike? ¿Y si no llego? ¿Y si no puedo? ¿No es medio idiota no pisar el pasto al cruzar la plaza? ¿Y si de vuelta paso por Jauja? ¿Y si no llego? ¿Y si no puedo?  ¿Por qué estos del gobierno no pintan sendas en todos los parques así no tengo que ir hasta el lago? ¿Para qué traje agua helada que me está congelando los dedos? ¿Y si no llego? ¿Y si no puedo? ¿Llegaré a ver Cerro Bayo esta tarde o me desintegraré antes?

Libertador, bicisenda y después. Busqué mis lugares para elongar y las marcas que ayudan a hacer las cuentas cuando no salgo del punto cero.  
“Salgo del 600, cuando llego a 1600 tengo un km” proyecto. Quiero poner la mente en blanco y armar algo. No sabía qué, era “algo”. Y esos “algo” suelen ser nada, así que la cabeza se me fue en esa pila de vaguedades que se cruzan entre los números. Hay mucho señor lindo por mirar y pasados los primeros 10 minutos, la respiración ya está ordenada.  

Está lindo el lago, incluso sin los verdes que el invierno le robó. Hay loros, petirrojos y un pájaro entre gris y marrón, gordito, bonito, que no conozco. Las torcazas se persiguen, nada cambió ahí. Los patos y los gansos nadan en grupo y algunos andan sueltos, casi como los corredores, patinadores y caminantes. Somos pocos. El frío hace que estemos los que queremos estar. Hay poco bobo por esquivar, y poco peligro de ser atropellada. I DE AL.

Dos mujeres que venían en un grupo delante retroceden y caminan. “Dimos 5, estamos descansando un poco, queeee, ¿no podemos?”, le contestan a un señor grande de calza larga y sombrero de lana. Hago cuentas: 5 vueltas son 8k y yo no llego a 1.6. Todavía.
“Atención: a este ya lo crucé dos veces y voy por la primera vuelta. Está todo mal. No estoy rindiendo”, pienso. Una idiota, porque los tiempos muestran que sí estoy rindiendo.
 “Vuelta completa, mirar el tiempo”, recuerdo. Y miro. Nada mal.

El viento me pega en la cara y pienso en que había planeado hacer esto todas las semanas rodeando una parte del Nahuel Huapí. Se me encoge el corazón pero sonrío mientras canto “voy a tomar la ruta 3, una mañana para no volver…”. Entro y salgo de la nube de humo del choripanero, esquivo a cuatro adolescentes que toman toda la senda, regulo el aire, marco la pisada.  
Mirar el tiempo, y mirarlo en cada km, vine por 3.2 pero ojito, puedo estirar un 4…

Es hora de sacarse la campera. Pierdo el ritmo de la respiración pero puedo seguir. Ya entré en la tercera vuelta y pasé el objetivo inicial. Pensar que el resto viene de regalo me saca una sonrisa.
“Apa. A este que viene de contramano lo pasé yo tres veces en una misma vuelta.” Je. Parece que estoy pudiendo.
Descubro un par de grupos que elongan y se reponen en los costados. “Podría ir a averg… nah, a sé qué poca vida tiene eso en esta etapa”, pienso.
Me adelanto a dos que van con las ristras de chorizos al puesto central. Hay cosas que no deberíamos ver. No señor. Pienso en mi trainner: “Pisadas cortas, respiraciones cortas, como los maratonistas”.
Me animo a un 4.5k, y cierro en 5.

A elongar al Patio Andaluz. El agua de la fuente cae con música y busco los recovecos conocidos mientras repaso cada grupo muscular. Es hora de volver a la camperita y salir antes de enfriarse.
“¡¡Eh!!¿Ese que me pasaba cinco veces por vuelta hace pasadas con avance y retroceso?” La felicidad me desborda. No me pasaba nada.

Salteo al gordito del puesto de choripan.
Me encanta la sonrisa que traigo cuando cruzo por Libertador a los que recién van llegando y ver las caras de los que desayunan en los bares cuando ven a los corredores mientras piensan “qué ganas, eh!”.
No me quiero perder ni un cachito del verde del parque. Mis ojos se llevan los árboles al microcentro mañana.
Pienso en mi trainner. “5 en 38. Y recargada.” Eso tengo para decirle. Y que para volver alcanza con decidir, que viene del verbo hacer.

lunes, 23 de mayo de 2011

Responsabilidad, una llave para sentirse (más) seguro

El viernes último un adolescente, a quien alguien de nuestro edificio dejó ingresar en él, robó a mano armada a una vecina. Esperó sentado en la escalera a que ingresara una víctima adecuada; antes de medianoche la encontró y la obligó a abrirle su departamento a punta de pistola. Los vecinos se movilizaron proponiendo diferentes medidas de seguridad. Esta es mi carta a ellos.

Estimados todos:
Recibí  los correos de dos de nuestros vecinos preocupados por la seguridad en el edificio. Acuerdo con ellos y con todos con quienes conversé: la seguridad nos preocupa.

También acuerdo con que es una buena oportunidad de dejar diferencias personales: sólo elegimos a la gente con la que convivimos puertas adentro de los departamentos pero todos compartimos espacios comunes y lo que hacen algunos afecta a todos. Motivo suficiente para acordar.

Y celebro que se haya organizado esta instancia de intercambio virtual. La escritura permite pensar y revisar con menos pasión si eso que se quiere decir está dicho.

Comparto lo que comenté hoy en una reunión espontánea: dudo de la posibilidad de sentirse seguro. No hay un método para garantizar que “el edificio” no vuelva a sufrir un ataque. No conozco rejas, cámaras, personal específico que garanticen que eso no vuelva a pasar. Son herramientas que sólo dan ilusión de “estar haciendo algo”.

Hay una industria que vive del miedo, cualquiera que haga un básico análisis de lo que emiten algunos medios de comunicación lo nota. El miedo prende, es muy lógico, cuando el riesgo nos toca de cerca. Por eso es lógico que se haya generado toda esta agitación. Yo también siento el riesgo más cerca que la semana pasada.

No quiero subirme a ese miedo, que como todo miedo es irracional: la lógica muestra que para ingresar tengo que abrir la reja, y por el mismo espacio en el que entro yo entra otro; que las cámaras (que alguien tiene que mirar) sirven para saber qué pasó, no para lograr que eso no pase; el día en el que alguien quiera entrar armado me lleva puesta junto con el señor de “seguridad”…
Hace unas semanas, un amigo dueño de una productora televisiva ingresó en la propiedad para descubrir que durante la noche la vaciaron. Se llevaron costosísimos equipos, masters de todos los programas, hasta los Martín Fierro ganados. Todo. La propiedad estaba cubierta por un sistema de alarmas que nunca sonó. Él sí se ocupo de “estar cubierto”, de “estar seguro”. Ahí anda, empezando de nuevo.

Responsabilizarse por las cosas que cada uno hace para generar un ambiente seguro sí permite construir seguridad, para uno y para todos. Revisar no ser seguido cuando se ingresa en el edificio, no dejar entrar a desconocidos aún cuando parezca grosero o poco comprensivo,  controlar cerrar la puerta de manera completa antes de despegar la vista de ella son algunos ejemplos. Reviso lo que escribo mientras noto que en el palier, del otro lado de la puerta desde hace rato hay una reunión familiar, tan despreocupada que las risas tapan el sonido de la radio. Y dejo para otro momento el fumar dentro del ascensor, el correr o instalarse en las escaleras, el estar a los gritos en horas de descanso porque entiendo que no es el punto de urgencia.

Poseer una llave genera una responsabilidad: la que recibí a los 10 años venía con una serie de recomendaciones, y están en la lista de cosas que valoro. Sería adecuado que cada responsable de hogar  revise a quién le dio una llave de la casa de todos y evalúe si esa persona tiene la madurez necesaria para tener semejante responsabilidad (No hablo de edad sino de madurez: esta mañana un adulto que supera los 50 años dejó la puerta abierta). Evaluar esto es una acción personal o familiar que no exige dinero sino racionalidad y compromiso.  Por ahí empezaría yo. Hacerse cargo es una decisión personal, que cuando se ejecuta no puede sino traer beneficios. En este caso, para todos. No es poco.

domingo, 1 de mayo de 2011

Los otros trabajadores.

Desde chica pienso en los otros. Los otros son esos que siendo parte de un suceso se quedan afuera.
Hoy, en el día de los trabajadores estuve pensando en los otros.
No pensé en los que tienen un buen trabajo, esos que pueden hacer carrera, crecer profesionalmente y estar cubiertos por la ley.
Pensé en esos otros que no tienen trabajo  aún haciendo todo lo posible para tenerlo. En esos con los que el mercado es aún más hostil: los discapacitados, los mayores, los “sobrecalificados”, los que no estudiaron, los que no pasan los parámetros de “buena presencia” asociados más al prejuicio que al buen desempeño.
Y en los que no deberían tener trabajo, pero ahí andan, muchas veces en situaciones de peligro y abuso : los chicos y los adultos mayores.
Pensé en los trabajadores explotados, en negro, con contratos reiterados y sucesivos, sin respeto por la ley ni sus derechos.
En los que trabajan por sueldos, honorarios o cuotas por contrato que minimizan su capacidad y su tarea a la hora de cobrar y la sobreexigen a la hora de trabajar.
En los que suman “curritos” porque con un solo empleo no alcanza.
En los que fichan y que por dos minutos tarde compensan media hora independientemente de qué haya causado la demora o la influencia que la demora tenga en su tarea.
En los que trabajan viendo como algunos inútiles con portación de apellido o pertenencia son mejor tratados simplemente por eso. Y en los que, peor aún, tienen que levantar los destrozos que estos inimputables generan.
En los que son maltratados en tanto seres humanos por sus jefes directos o los que toman decisiones desde más arriba, en un maltrato abierto de gritos y órdenes intempestivas tanto como el que no reconoce que un ser humano necesita luz diurna, aire, espacio para moverse, comer y tantas otras necesidades que no tienen los robots. En los que respiran sustancias tóxicas, en los que padecen distintas contaminaciones en el trabajo. Y en los que estando en mejor condición interceden para que los compañeros sean bien tratados aún a riesgo de perder “el privilegio” de tener mejor suerte.
En los que padecen jefes que desconocen el efecto de reconocer los logros, de potenciar las fortalezas y trabajar las debilidades en un equipo. O los que padecen jefes que desconocen el valor de trabajar en equipo. 
En los que están a la sombra mientras otros firman, brillan y se llevan los réditos por su trabajo.
En los que reiteradamente son socios en las pérdidas y empleados en las ganancias. Y en los que se animaron, lograron una expropiación y recuperaron una fábrica con trabajo para muchos.
En los que saben que aún dejándolo todo,  un día el empleador dirá “basta para mí” y tocará volver a actualizar el CV.
En los que estudiaron con profunda vocación y cuando buscaron trabajo el mercado no estaba para recibirlos.
En los que después de llorar hasta que se acabaron las lágrimas se reinventaron una y mil veces y siguen trabajando.
En los que viajan horas como ganado para que sus hijos coman. Y en los que comen un pancho en la calle para que los chicos coman mejor en casa.

En los que juegan al equilibrista entre las convicciones, los valores y la necesidad de pagar las cuentas. Y a los que alguna vez – o muchas- patearon el tablero sabiendo que se venía un combo arroz/polenta/fideos por tiempo indeterminado pero que con la ética no se jode. 

Aclaración necesarísima: en LOS OTROS estamos incluidas las mujeres. Por si las moscas. Y los moscos.

viernes, 29 de abril de 2011

Me gusta ser mujer. Mujer.

    “Para realizarte como mujer tenés que tener un hijo.” 
     “El sentido de ser mujer te lo da ser madre.” 
     “Ninguna mujer es verdaderamente mujer hasta que  no tiene un hijo.” 
     “Tener un hijo es la experiencia sublime que te hace ser mujer.”




     Estas y otras expresiones similares son habituales en muchas mujeres y en algunos hombres. Me tocó escucharlas en silencio por muchos años. Después de todo, cuando una no pasó por la experiencia no tiene con qué refutar. Creía que tenían razón. Creía, con toda la fuerza que puede tener una creencia mientras seguía disfrutando de una vida sin hijos. Sí, disfrutando y ampliamente, tal como hacen muchas mujeres que conozco. Llegué a pensar que “salí fallada” por no desear tener hijos, una "falla" que años de distintas terapias no lograron "resolver". 

     Un día puse todas las piezas sobre la mesa y traté de armar el juego, pero, como en la vida, las cosas no encajaban:
         Si yo llevo una vida plena y feliz como mujer, aún cuando no tengo hijos.
        Si tantas mujeres que conozco tampoco los tienen y la pasan incluso bastante mejor que yo ¿qué tan cierta es toda esa línea argumental?

     Tener un hijo, ciertamente puede ser una experiencia maravillosa. Criarlo también. (Es cierto que a veces no lo es tanto, y otras veces es un infierno de mierda, para qué negarlo, pero la cosa no viene por ahí.) Todas y cada una de las cosas que viven las madres a diario ligadas a la emoción de dar vida y ver crecer a alguien que salió de su interior debe ser sublime. Le doy crédito a eso.

     Y este es el momento en el que seguramente aparezca alguien diciendo “cómo vas a comparar con ..." (completar a gusto). Porque lo que quiero decir es que no entiendo cómo alguien puede poner una y sólo una experiencia en el punto más alto cuando esa experiencia suele impedirle disfrutar –o padecer, o transitar- de otras.

     Cuando alguien elige tener hijos –siempre lo elige, por acción o por omisión- tiene una responsabilidad por muchos años. Asumirla le quita energía, tiempo y disponibilidad interna para otras cosas, sobre todo cuando se hace dándole a esos chicos lo que necesitan. Entonces: ¿qué tiempo, energía y disponibilidad interior quedan para vivir otras experiencias? ¿Cómo hace esa mujer para saber que ser madre es el único modo de realizarse si nunca hizo cumbre en el Aconcagua, si no dirige una empresa, si no se mueve con libertad para tomar decisiones porque alguien depende de una? ¿Cuántas veces se animó a dejar un trabajo agobiante en el que es maltratada con alegría aunque tenga que dormir en el piso y comer polenta por meses para apostar a otra cosa? A mí lo que me parece sublime es la libertad para decidir. ¿Es menos esa libertad que la maternidad al definir el ser mujer?

     Si ser mujer es una construcción social ¿Por qué una mujer es vista como más mujer cuando tiene hijos que cuando elige no tenerlos? Te invito a pensarlo. 

viernes, 4 de marzo de 2011

Durmiendo con el enemigo

¿Alguna vez deseaste mucho, MUCHO, pero MUCHO algo? Además: ¿te ocupaste por formarte y hacer de todo para lograrlo? Y más todavía: ¿necesitás trabajar para vivir? Si te pasaron estas cosas, o podés ponerte en la piel de alguien que las vive vas a poder entender lo que quiero contar.

Transcurría el día de trabajo cuando veo que @llanosrodolfo pone el siguiente tweet: "necesito un locutor que me grabe un renglon para un laburo... tiene que ser precio super economico!"

No era un gran trabajo, ni era un trabajo fijo. La persona que lo oferta no es de necesitar locutores: es probable que no vinieran otros trabajos detrás de este. Quizás llevara más gastos que dinero a cobrar. Pero era trabajo pago.

Parece una locura tener que destacar que es un trabajo pago, pero los que nos formamos para trabajar en medios sabemos que el deseo de trabajar atenta contra el propio mercado de trabajo. Los medios están llenos de personas que aceptan trabajar gratis e incluso pagando por hacerlo. Trabajan para empresarios que engrosan sus cuentas bancarias aprovechándose del deseo y de la necesidad de entrar en un mercado, para, quizás, alguna vez, si se tiene suerte y las coordenadas se encuadran, uno entre cientos pueda llegar a un trabajo que permita pagar las cuentas. Vos, que intentaste explicarle a Don Telefónica de tu orgullo por la "pasantía" radial, o vos, que quisiste pagarle a Don Carrefour con un ejemplar de la revista en la que colaborás, sabés que no son valores de cambio en la sociedad en la que vivimos.

Así y todo hice un vínculo entre un amigo, excelente locutor él, y @llanosrodolfo. Al querer chequear cómo iba eso encuentro esta conversación: http://i51.tinypic.com/r2w001.png
Una locutora, que aclara que trabaja de otra cosa y que suele "grabar para amigos" se ofrece a hacerlo gratis.

Quizás sea un buena chica, de esas que nunca se planteó por qué teniendo una matrícula del ISER se gana la vida en otra actividad. Quizás lo sepa y no tenga que ver con un mercado perverso. Lo cierto es que con este acto mínimo colabora para seguir engrosándolo, y justo cuando el empresario estaba dispuesto a pagar por la locución.  

Los empresarios que se aprovechan de la necesidad, del deseo y de la ilusión son muchos. Tener la neurona atenta para saber a quién se le dona el trabajo y a quién se le cobra y cuánto es parte de lo que nos compromete, sea como periodistas, locutores o fiambreros. Vale para cualquier rubro. Al elegir regalar trabajo es útil revisar si realmente es una necesidad, y si al hacerlo no se afecta a otros. Ojo, porque solemos quejarnos de las actitudes abusivas de los que nos dan trabajo sin ver que somos responsables por no tener una mirada crítica. Ojo, porque a veces somos nuestro propio enemigo. 

Cuando hay alguien que no acepta trabajar gratis para un empresario, viene otro que sí acepta. Sueño con el día en que no seamos sólo algunos los que decimos #GratisNoSeLabura. Sueño con el día en que nadie trabaje gratis. Si TODOS decimos "NO, GRACIAS" los empresarios se plantearán abrir los bolsillos y pagar el trabajo. Mientras tanto ¿por qué pagarían por algo que tienen gratis?


jueves, 27 de enero de 2011

Dos anillos


"¿Qué es ese anillo?", fue la pregunta de una amiga. Nos conocemos bastante como para que recuerde mis negativas a comprar esos adefesios que venden en las ferias artesanales en las que caemos cada tanto. Un mes de distancia no parecían justificar tanto cambio. "Es que solté algo viejo que ya no servía y pude encontrar algo nuevo." 
Claro, no me entendió. Entonces le conté la historia:

Marzo de 2007.
Plaza Pagano, la Feria de Artesanos de El Bolsón era una fiesta. Mi vida intentaba relajarse en unas raras vacaciones. Me despegaba del trabajo en la clínica por primera vez en mucho tiempo sabiendo que varias personas iban a esforzarse por crear problemas. Estaba aprendiendo a soltar. 
Me muevo al anfiteatro de la plaza para atender el teléfono. La asistente que dejé a cargo suena angustiada, a punto de llorar. Me cuenta que lo que temíamos pasó: hay gente creando problemas. Me enfoco: estoy de vacaciones. Serán unos minutos para organizarla, contenerla, fortalecerla y volver a la feria. 
Así es: vuelvo y decido comprar un anillo simple, unas onditas de plata encerrando el anular. Necesito algo que simbolice el momento: enfocarse, no perder el eje, el trabajo es una parte de la vida, la vida es un espacio para ser disfrutado. Esas cosas. 

El anillo me acompañó en el proceso de diferenciarme de la clínica. (Aclaración necesarísima: en ese lugar he llegado a trabajar entre 15 y 18 horas diarias sin feriados ni descansos) Parece una pavada pero estar ahí, a un golpe de ojo, me ayudaba a recordar. "La vida es más que este infierno en el que trabajo", parecía decirme en cada reunión sin sentido, en cada agresión, en cada gesto fuera de lugar. 
Un día noté que no estaba más. Quizás voló desde arriba de la cinta cuando entrenaba la tarde anterior, no lo sé. El mundo se caía. Mi mundo se caía.
Me prometí recuperarlo. Recuperarlo era tener el mismo de nuevo. Ergo: recuperarlo era imposible. Lo que yo quería era ESE objeto, que simbolizaba ESA experiencia. Y ESO se quebró, no estaba más. Estaba sola, pero no quería enterarme. 

Enero de 2011
Plaza Pagano. La Feria de Artesanos de El Bolsón es una fiesta. La recorro sabiendo lo que busco: ahí está mi anillo. Me lo pruebo emocionada y ¡el horror! Descubro que me queda simplemente espantoso.
Me miento: tengo las manos arruinadas por el clima y el armado de equipajes. Más tarde. Y más tarde es igual, entonces mañana.
Pero después de la lima de uñas, de cremas, de arreglo de cutículas sigue siendo igual: ese anillo ya no es para mi mano, así como desde hacía dos años esa clínica ya no era para mí. En esos dos años sin clínica y sin anillo yo no había parado de crecer. 
Una idea bajó y me rodeó: si ya no es lo que era, no sirve. Necesitaba un anillo para recordar un nuevo compromiso. Un anillo que no estaba en la Plaza Pagano, como no estuvo en las ferias de artesanos de Bariloche ni en la fiesta de las familias mapuches de Junín de los Andes. 
Inicié una búsqueda casi militante, y lo encontré en una joyería chiquita a la que me mandó una barilochense. "No se usa eso. Ahora se usan anillos grandes, con piedras, con sellos, con dorados... lo que vos querés es... es... es como una alianza...", ensayó el joyero tratando de complacerme. Sonreí. Me salió una sonrisa profunda, desde adentro. "Sí. Yo necesito una alianza."
Una línea de plata con una fila de piedritas azules intercaladas navega en mi anular izquierdo. Azules como el color del Nahuel Huapí esa tarde. Azules como el azul profundo cuando queda un hilo de resplandor entre el lago y la montaña.

Anoche le contaba a mi amiga que me voy a vivir a Bariloche mientras miraba mi anillo de piedras azules. "¿Qué es ese anillo?", me preguntó. Y yo le conté la historia.