jueves, 26 de enero de 2012

El trabajo fue una excusa

   Crecí en una época en la que el valor estaba en conseguir lo durable: objetos, vínculos, emociones. 
   La ropa tenía que ser de la mejor tela, con las mejores costuras, clásica y combinable. Los muebles, de la mejor madera y el mejor diseño. La tecnología (entendida como los avances: un aparato de TV, un radiograbador, una heladera con freezer) era para durar muchos, muchos años. 
   El novio buscado era el que podía convertirse en un marido para toda la vida.
   Los deseos eran para siempre: una carrera, salir de la casa paterna, una casa, ser parte de un gran proyecto, viajar.
  Por eso me costó aprender que hay cosas que tienen un objetivo por cumplir y una vez cumplido se convierten en lastre. Descubrí que hay situaciones que vienen a la vida para algo y no saber correrlas a tiempo para buscar nuevos desafíos tiene el riesgo de aguantar una mutación que las convierte en algo no deseado.  
   Encontrar el punto para soltarlas es arte. La agonía puede evitarse. 

  Que aquel trabajo viniera en un momento en el que apenas me quedaban unos pesos podía llevarme a pensar en que el objetivo era pagar las cuentas. Claramente fue así. También fue una nueva hoja del libro de la vida: después de haber completado una maestría y de buscar trabajo por dos años había un lugar para mí en una parte. Alguien veía que yo podía hacer un aporte. Alguien me rescataba en un tiempo en el que todavía se veían muertos vivos caminando por la calle, al borde de la locura por el desempleo. No era poco. 

   Lo que no supe en ese momento es todo lo que traía atrás: la mayoría de las cosas que aprendí en esa clínica hicieron mejor mi vida. 
   Lo que tampoco supe en ese momento, ni hasta tres años después, fue que eso mismo que hizo mejor mi vida era lo que iba a llevar a que ese trabajo se terminara. 

   A diferencia de muchos de mis compañeros, yo decidí poner en práctica todo aquello que tuve que aprender para enseñar a los pacientes. Saber, hacerse cargo de las decisiones que se toman, decir NO cuando una no quiere, rodearse de personas que nos hacen bien, nos permiten crecer y correr a la gente que boicotea el cambio, ocuparse y hacer en vez de quejarse, quejarse si tiene sentido y en los lugares en los que las cosas se resuelven, guardar la intimidad de quien nos abre las puertas, hacer valer los derechos propios,  la verdad como camino más corto a las soluciones, el ejercicio de la vida sana porque es buena y porque modeliza... "Es bueno para todos", era el lema. Yo lo intercalé en mi vida para que fuera parte de la trama y funcionó.
  
   No fue un proceso fácil. Cataratas de lágrimas, enfermedades varias cursadas entre compañeros de trabajo -médicos- que no las veían, exceso de trabajo producto de la pasión por las cosas bien hechas entre compañeros que buscaban zafar ("total el Dr. se olvida y se le pasa"). No estuve sola: tuve la compañía, asistencia y disponibilidad incondicional de una colega, el apoyo de un equipo de colaboradoras formadas a imagen y semejanza y aliados ocasionales. 

        Lo noté pasado un tiempo: en algún momento los intereses de la empresa -de los dueños- iban a chocar con eso mismo que ellos enseñaban, promovían y -de palabra- pretendían. Si hoy tuviera que volver a elegir, elegiría lo mismo. Nunca tuve dudas: es lo que me hace ser una persona sana. Necesitaba dejar de pedir disculpas por tener que trabajar para pagar las cuentas y aceptar casi cualquier cosa "razonable" para no molestar a quien me daba trabajo.  

   Amaba profundamente lo que hacía. Fuera del ejercicio del periodismo fue la actividad que tuvo más que ver conmigo. Enseñar, ayudar, comprender a gente que no la pasa bien y darle herramientas para que puedan cambiar su vida. Empoderarlos para que ellos decidieran e hicieran mejor su vida.

   Llegué a poder establecer diferencias: era feliz con mi trabajo pero profundamente infeliz con las cosas a las que había que someterse para mantenerlo: maltrato, violencia, mentiras, mediocridad, falta de recursos de todo tipo, desconfianza. El celular sonando era un vuelco del corazón, el anuncio de un drama que, o no era tal, o que iba a ser resuelto de tal manera que el remedio sería peor. O iba a girar, y girar, y girar para nunca resolverse. Y el celular sonaba un viernes a las 23, un domingo a las 7, un 31 de diciembre a la tarde. 

   

   Me dolía pensar en irme. Casi un año calendario me llevó afirmarme y consolidar pensamientos y modos de ser que me llevaran a no permitir nunca más el maltrato, la humillación, la violencia, la mentira, el desinterés. Sabía que si no resolvía eso la secuencia se repetiría. 
   Doce meses para consolidar que nadie, nunca más y por ningún motivo me gritaría, ni me pondría una dosis bestial de benzodiazepinas que me dejar empastada por cinco días, ni firmaría mi trabajo sin mi consentimiento, ni se aprovecharía de mi pasión, ni de mis debilidades. 

   Unos meses más tarde yo estaba más sana y había dejado de ser funcional a la enfermedad de la institución. Cuando llegó el despido, sólo me tomó por sorpresa la violencia innecesaria del modo y el momento. Fue tan torpe y descuidado que recargó y complicó a los que quedaban, en un tiempo en que quedaban pocos. (También quedaban pocos pacientes, imposible retenerlos producto del maltrato que desbordaba hacia abajo) Visto a la distancia hasta suena coherente. 

   Yo creí que quería un trabajo. Y no. Sólo necesitaba pagar las cuentas y elegía el modo en el que sabía hacerlo: trabajando. 
   Pero lo que verdaderamente necesitaba -y en eso no había escapatoria- era encontrar el modo de valorarme, porque mi vida era un infierno en el que todo el mundo -no sólo desde el mundo del trabajo- sentía que tenía derecho a intervenir. Y lo sentían porque yo lo habilitaba. 

   En ese lugar en el que trabajé cuatro años y dos meses encontré las herramientas para que nunca más nadie tuviera en mi vida un espacio para el maltrato, el menosprecio,el avasallamiento, la humillación, la conversión de las virtudes en defectos, el saber y la profesionalidad como disvalor. 
   Esta semana se cumplen tres años de aquel despido violento. Todo lo aprendido ahí sigue vigente, corregido y aumentado. Más que suficiente para agradecer aquella oportunidad y celebrar. El trabajo fue una excusa.





domingo, 1 de enero de 2012

Deseos en el Salad Bar

Ah, los buenos deseos que se amontonan en un año nuevito. No soy de ocuparme de las fechas especiales, esto es raro en mí. 
Durante un par de días tuve a un muñeco sentado en el hombro que me dictaba deseos para gente que quiero y aprecio. Bastó sentarme frente a la pantalla para escribirlos para olvidarlo todo. Acá queda lo que pude rearmar. 
Originalmente pensaba en alguien y le deseaba algo, como en una charla. Al segundo día me dí cuenta de que había deseos que tenía para más de uno. Y después pensé que yo deseo desde lo que sé y no lo sé todo, por eso esta mesa de ensaladas. Vení, pasá. Ponéte cómodo, armáte tu plato. 
Levantáte a servirte las veces que quieras. Saboreálos de a uno o combinados. Usá plato chico y volvé. Todo el tiempo se repone.  

Para el año que comienza te deseo...

Que llegue ese trabajo, que te puedas ir de viaje, que se termine la tesis, que haya una casa nueva. Que puedas publicar, que encuentres productor, que llegue ese salto cualitativo del que tanto hablamos. Que terminen los arreglos, que descubras el amor en forma de compañera, compañero, de un hijo. Que armar esa fiesta de casamiento no fisure la pareja. Que ese gato deje de traernos tantos disgustos. Que el limonero dé frutos, que las palomas no vuelvan. Que ese que sabemos deje de hacerse el boludo (o que supere su miedo, que en este caso es medio parecido, you know).

Que puedas decir B A S T A si es que querés que algo se acabe. Fuerte y claro. Con gestos inequívocos. Son muy pocas las cosas que no pueden cambiarse. (No, no, la tuya no está en esa pequeña lista. De ninguna manera.)

Que te saques de encima la mirada censora. Que puedas espantar a ese monstruo que se te sienta en el hombro y te marca lo que está bien y lo que está mal. Sí, ese monstruo es académico, es familiar, es un amigo, es tu jefe, o peor... ex de cualquiera de esas categorías. Da igual. Sos vos quien no te permitís crecer. Está bien que "seas más" que los que te precedieron. Está bien que elijas algo que ellos no hubieran elegido. Disfrutá de tu vida sin culpa. Es tuya. (Además, ese académico, ese familiar, ese amigo censor también tiene inseguridades, incoherencias, decisiones de mierda, agachadas... y algunas se las conocemos.)

Que puedas rodearte de gente que te nutra, que te ayude a crecer, y que puedas nutrir y ayudar a crecer a otros.

Que dejes de mirar tus problemas como si fueran de otro, que buena parte de lo que te pasa se cambia con lo que hagas. Que aceptes que si eso que tanto querés no llega debe ser porque no estás dispuesto a hacer lo que hay que hacer para lograrlo o porque simplemente no es eso lo que querés. Que si querés resultados distintos no sirve hacer siempre lo mismo, que las cosas de la vida no se manejan como las apuestas de la ruleta. (Esa, -conceptualmente- está robada, creo que a Einstein. Perdón.)

Que por fin notes que llenarte de objetos sólo te llena de objetos. Que sacando unas pocas cosas, la mayoría de lo que necesitamos para vivir no se envuelve ni se cambia por dinero. Lo que necesitamos, no lo que creemos necesitar. (Esto no vale para mi cardiotacómetro ni para tu caprichito. Uno por persona aceptamos. O dos.)
Que puedas desprenderte de todo lo que te sobra. Objetos, vínculos, fantasías, frustraciones, miedos, kilos. Que lo que sobra es lastre y con lastre no se puede volar. Que puedas hacer espacio para lo nuevo, lo bonito, lo que hace bien.
Que descubras esas pequeñas cosas que dan alegría y bienestar y te ocupes de repetirlas varias veces por día.


Que te ocupes de tener una vida sana. El mundo va en contra de eso así que tenés razón, es todo un laburo. La sociedad se organiza alrededor de la comida. Mucha, grasosa, azucarada, llena de conservantes, innecesaria. Y con la boca llena es difícil decir cosas. La grasa no sólo tapa las arterias, también tapa los vínculos. Y a veces eso es cómodo, pero trae insatisfacción y termina en una unidad coronaria.

Que te desentierres del sillón o de las excusas. No conozco a nadie que no necesite moverse. (Necesite del verbo necesitar, no de querer, se entiende) Entonces, que llegues a los 10k, los 21, los 42 o que te calces zapatillas y ganes la calle: cada uno con su objetivo pero por favor hacélo porque te quiero vivo mucho rato. (Si vas a elegir rollers en vez de zapatillas vamos a tener que charlar pero te voy a seguir queriendo.)

Que entiendas que la vida sana incluye tu casa, y tu casa está en el planeta Tierra. Cuidar lo que hacemos, lo que consumimos, elegirlo a conciencia lleva a tener una casa mejor.

Que seas más piadoso con los que tuvieron menos oportunidades. Que gires la pelota y veas que la realidad tiene muchas caras. Que entiendas que cada uno elige desde las opciones que conoce y que si querés ayudar podés mostrar opciones que el otro no conocía. Y que si así y todo el otro sigue eligiendo algo que no te parece bien, es su vida y tiene derecho. (Esto no vale para los que escuchan música sin auriculares o hablan a los gritos, se entiende, ¿no?)

Que aceptes que el mundo no está a nuestra disposición ni hecho a nuestra imagen y semejanza y que eso de que "tu derecho termina donde empieza el mío" es una gran mentira. Hay derechos que se superponen y hay que sentarse a charlar cómo llevar esa convivencia. (Eso incluye a la gente que puteás a diario por cosas que te complican y tantas veces terminan en expresiones que discriminan.)

Que dejes de desparramar cosas que no son. Que no permitas que tu bronca distorsione la verdad. Que dejes de hacer lo que criticás en otros.(Sí, sí, y sí. Hacés lo que le criticás a otros cuando mandás fruta, cuando generalizás, cuando hablás de lo que no sabés, cuando repetís lo que alguien dijo y le ponés tu propio condimento, cuando elegís fuentes poco confiables...)

Que no te enojes con el mundo, que sólo te devuelve lo que le das. Entonces, que puedas revisar lo que das, porque eso es lo que vuelve.

Que entiendas que nadie es tan importante para nadie y que por lo tanto, lo malo que alguien hace no te lo hace a vos.

Que si estás orgulloso por haber tenido hijos y que eso no te haya cambiado la vida estás en problemas. Bah, ellos están en problemas. Que hacer algo para que ningún pibe tenga una infancia de mierda incluye a tus hijos. Y empieza por ellos.

Que disfrutes de haberte sacado esa bolsa de papas de encima y no te autoflageles por haber permitido semejante atropello en tu vida. Ya pasó. Aprendé para que no vuelva a pasar y ya. La vida sigue y tiene mil oportunidades.

Que te quejes y reclames en los lugares en los que las cosas tienen posibilidad de resolverse. En otro lado sólo astillás las gónadas del que te escucha. (¿Viste que manera tan fina e inclusiva para decir "rompés las bolas?")

Que puedas fundar y sostener vínculos de confianza. Que si la familia no responde busques por otro lado. Hay familias que son abominables y abrirse de ellas es promover salud. No son imprescindibles.


Que puedas separar lo que sos de lo que querés contar que sos. No hace falta mostrarte en carne viva en todo momento y lugar. Preserváte, es demasiada información que no sirve a nadie.


Que no te hagas cargo de la vida de los demás. Tenés una propia. Si no te gusta, rearmála, rediseñala, volvé a corregir. (Si, sí, y sí. SIEMPRE hay otra opción. El "es la única que me queda" no aplica más que para el deshauciado y el que requiere un transplante urgente. No, las explicaciones que incluyen a un dios del color y tamaño que sea tampoco. Después de los 8 años los amigos imaginarios son casi patológicos.)

Que sueltes la idea de que tenés que hacerte cargo de las malas decisiones de otros. Una vida de riesgo a la larga trae problemas. Y cada uno es responsable de las decisiones que toma.

Que puedas priorizar y aceptar que a veces para lograr algunas cosas hay que resignar otras, aunque sea por un tiempo. Todos los que logramos irnos de casa aceptamos trabajos que no nos gustaban y alternamos entre arroz, polenta y fideos. Es así. ("No somos hijas de Roschild", solía decir mi hermana.)

Que si todo esto te apabulla busques una, sólo una y nada más que una de las cosas que querés cambiar y te ocupes de hacerlo. Que sepas elegir algo razonable y posible: no vas a poder con la paz en el mundo pero sí hacer cosas para vivir tu propia vida en paz y desbordarla en tu lugar. Eso ya es bastante.

Que todo lo que hagas lo hagas a conciencia. Sea por acción o por omisión es lo que estás eligiendo, así que mejor que sepas tu para qué.

Y si todo esto sigue siendo mucho acá hay algo más básico: que encuentres lo que buscás. Ojo, no lo que te parece que buscás sino que aprendas a mirar qué es lo que verdaderamente deseás. Que lo sepas, que te enteres, básicamente para que dejes de buscar eso que no es.
Tirar de ese piolín, ponerle la vida a algo que te apasiona es lo que te mantiene atado a eso que algunos dicen que es la felicidad. 
Porque después de todo, te deseo un año de felicidad de ida y vuelta, como cuando volvemos a buscar algo rico al Salad Bar.


sábado, 31 de diciembre de 2011

Chau 2011. Cerrá desde afuera.

Un día el año se termina. Es una de las pocas certezas que la organización social nos da. 
El saber nos aportó calendarios que nos permiten anticipar, organizar, programar.
Si eso fuera todo, los deseos con tiempo estarían cumplidos. Bastaría con saber programar y yo sería campeona en el cumplimiento de deseos. Hasta podría poner una Agencia de Programación para Desorganizados. (Tendría que anotarme esta idea por si alguna vez las cosas cambian.)
La cuestión es que termina 2011 y como diría alguien que no soy yo, "el pescado sin vender".
"2011, el año de las grandes expectativas, las energías puestas para cumplirlas y la nada concretada", fueron los pensamientos que como slogan empezaron a surgirme alrededor de octubre. 
Para mucha gente fue un gran año. Un año de crecer desde lo personal, desde lo profesional, desde los vínculos, desde lo patrimonial...
Tenía buenos objetivos. Empecé enero sabiendo que no quería volver a encerrarme en una oficina. Me pegó el viento en la terminal de Bariloche y supe que quería retomar la vieja idea de vivir ahí. Meses después vi que era inviable. Un empresario de la zona me lo confirmó: "No hay en toda la Patagonia un lugar para trabajar que pague lo que vos tendrías que ganar". Yo pensaba que estaba equivocado pero la realidad se encargaba de mostrarme que el señor tenía razón. Dos veces desmonté la casa. Dos veces la volví a armar.Y con la casa tuve que montar y desmontar ilusiones, energía, trabajos perdidos, favores pedidos... todo en silencio, porque mientras no se firman los contratos no puede decirse nada...
En agosto asumí que no era tiempo de ese cambio. Habían pasado 8 meses de vivir en el aire.
Volví a entrenar y pensé en pasarme enero en Bariloche para compensar. El gimnasio era mi oasis. El único lugar donde todo salía bien. 
Quería una alternativa laboral. Ya era suficiente lo del part time. Tampoco lo logré. 
Llegó una inspección de Metrogás, 45 días sin cocina ni agua caliente, mil angustias y un sueldo invertido en resolverlo. Sumále la quita de subsidios y el 350% de aumento en el ABL. Chau enero en Bariloche. Hola vacaciones en el calor de Buenos Aires que me anula y tanto detesto. 
Sobre eso llegó la lesión y el oasis mutó a espejismo. La meta de cerrar el año con 21k en un fondo se hizo irrealizable.
Y todo esto es sólo lo que estoy dispuesta a asumir en público. Mi 2011 fue un año para arañar, para retener lo que tenía, para no seguir perdiendo. Abandoné la sobreadaptación, mostré firmeza ante la realidad, me enojé con quienes quisieron obligarme a imaginar una realidad que se me hacía esquiva. Cuando no hay, no hay. Caerse de los sueños duele. Caerse de lo que le creemos a los otros sabiendo que es mentira es, además, de idiotas. Yo estaba dispuesta a volver a curarme las heridas -era eso o seguir sangrando, claro- pero no a sentirme idiota consciente. 
No es que no valore lo que tengo ni que no recuerde de dónde vengo, dónde estaba hace 9 años, 7 años, 3 años. Me acuerdo casi todos los días. Pero no me conformo ni pienso que poniendo energía y buena onda llegan las cosas que queremos. 
Por eso, cuando veo que tanta gente agradece un año maravilloso prefiero quedarme callada. Tienen derecho a disfrutarlo. Eso sí, cuando le dicen a 2012 "vas a tener que esforzarte mucho para ser mejor que tu antecesor" yo le digo que se venga nomás, que conmigo el esfuerzo es mínimo. 

jueves, 24 de noviembre de 2011

Gracias, porque no fue en vano

Un día todo parece querer volver a la normalidad. Claro, normalidad entendida como todo eso en lo que consistía la vida antes de que cortaran el gas. 
Quizás la normalidad cambie ahora que todo quiere volver a ser normal. 

No sé cómo agradecer a toda la gente que tuvo palabras de aliento, y menos que menos a todos los que intentaron acercar una idea o un dato para llegar a la solución. A muchos de ellos no los conozco, que es lo que se usa para decir que no los vi en mi vida aunque formen parte de la cotidianeidad a través de las redes sociales. Sin embargo ahí estuvo @animartino rastreando gasistas recomendados entre los porteros de su barrio, @laniniaz pasando el teléfono del suyo, @twyaya llamando a sus amigos contratistas, @arisetton trayendo el teléfono que efectivamente sirvió, @tampocolapavada haciendo de puente con @Bestiario123, @latostadaok sacándome declaraciones como "devuélvanme el derecho a cocinar", @naticarcavallo y @pgbianchi ofertando su cocina, @majogm ofreciéndome asilo sin contraprestación en su Principado (aunque yo sé que iba a terminar paseando a Fox y regando el jardín), @DonRamongo entendiéndome como nadie, @PueblaSol, que un día va a ser mi productora y mientras tanto ensaya,  @estebanrafele que en el medio del bolonqui me ofreció la vicecancillería del país -él va de canciller, claro-, @CarloXL reconociendo mis saberes en café en microondas, @leandrocamino, @solevallejos y tantos otros riéndose de mi humor -en franco descenso mientras iban pasando los días-, preguntando, comentando, compartiendo.

También aportaron amigos y compañeros de otras épocas que vuelven a la vida como adultos a través de las redes sociales. Cris -que me prometió ayuda para pintar el desastre que quedó-, Moni, Martín, Érica, Andrea, Mavi son los que recuerdo ahora y no fueron los únicos.

Mis más altos respetos al #aquelarre que estuvo en ese glorioso chat de BB a cualquier hora, igual que Vale y mis amigos 1.0 que quieren anonimato. Cualquier hora y para las preguntas más pavotas. Nos merecemos un Tuffic gigante, lo digo antes de que empiecen a reclamar #DueloDeBudines ahora que puedo volver a cocinar.

Gracias a Gustavo, a Kari, a Celia. Ellos también supieron estar y yo se los agradezco infinitamente. A veces se construye empatía haciéndole saber al otro que entiende el momento que pasa aunque no tenga una solución disponible. 

Gracias a Pau, que trabaja como recepcionista en el gimnasio pero es mucho, mucho más que eso. "No te preocupes. Podés venir a bañarte todos los días hasta que lo resuelvas, aunque no vengas a entrenar. No traigas nada, acá hay de todo", me dijo. Y así fue. Pensar que yo elegí el gimnasio para entrenar... 

Sé que falta gente en esta lista. Entiendan que un cerebro quemado -vaya paradoja, después de 44 días sin gas- no puede recordar todo y no fui tan prolija como para hacer una listita. Perdón por anticipado. 

Gracias a los protagonistas mudos: el baldecito verde, ese que tiene el tamaño justo para meterse en el microondas y calentar el agua para el baño, el jabón líquido y el pequeño taper que hicieron que el agua caliente rindiera más, "el bolso de bañarse" ida y vuelta al gimnasio, la hornallita fetiche que me prestó Male, las pruebas de rotiserías y la practicidad del DrCotoCocinero. Creo que no quiero volver a ver una milanesa por un par de años. O dos.

No estoy tan sobreadaptada como para agradecer a Metrogas haberme metido en este baile, pero nadie debería darse el lujo de pasar por una experiencia sin haber aprendido algo y yo agradezco que no haya pasado en vano. 
Esta vuelta me ocupé de ejercitar la paciencia. Acepté que pedir ayuda requiere escuchar y ser paciente porque es habitual que el otro piense que el problema empezó cuando él llega mientras una ya recorrió mil opciones.
A veces el otro no reacciona por ayudar sino por lo que le genera el problema. 
A veces el otro cree tener derecho a decidir, cuando el pedido fue aportar algo. 
Manejar estas y otras variables requiere de un equilibrio emocional importante, que no siempre está disponible. 
Elegí priorizar los problemas y no abrir nuevos frentes: a veces la gente que nos quiere coincide en reclamar cosas durante una crisis o elige ese momento para mostrar las supuestas malas decisiones que tomamos. No hay riesgo quirúrgico, no hace falta resolver todo junto. 
Pude plantarme frente al abuso y mostrar que no estaba dispuesta a ser robada con consentimiento. Y todavía me queda hacer la denuncia por estafa al gasista que se fue con el dinero sin hacer el trabajo. 

El capítulo "Gracias irónicas" es para la Administración del edificio, los vecinos individualistas y cero solidarios en todo el proceso, el ENARGAS, los matriculados que no estuvieron a la altura o directamente intentaron una estafa de cuatro cifras.

"Todo viaje es un viaje de ida", decía Juana Paula Manso. Ojalá sea verdad, que este viaje haya llegado a la Estación Terminal y todo vuelva a la normalidad. A una normalidad nueva, mejor si fuera posible. 

jueves, 3 de noviembre de 2011

Justo hoy, Justo.

Hola Monseñor Laguna. 
  Unos días más en la Tierra no eran diferencia. 
Podría haber esperado a que me habilitaran el gas. 


Un día a la rutina más o menos armónica que habías logrado armar se le aflojan las patas: una inspección decide que tu edificio tiene mal habilitadas las conexiones de gas y lo corta.
Se abre un panorama de burocracias, tecnicismos, logística para vivir sin gas por un tiempo largo y variable que depende, más que de ninguna otra cosa, de la suerte.
Llevo 22 días sin gas. Pasaron por mi casa -si no conté mal- 12 gasistas matriculados. Eliminé de la visita los que venían de recomendaciones dudosas, los que avisaron que no tenían matricula. También está el que se autoeliminó después de plantarme dos veces. 
De esos 12 eliminé a los que entraron con cara de "a ver cuánto le puedo cobrar a esta", los que ni quisieron mirar el papel que deja Metrogás, los que no sabían qué tenían que hacer, los que nunca volvieron con el presupuesto, los que intentaron una estafa cobrando más de tres veces lo que pagaron otros vecinos.
Habían pasado 16 días. 16 días de buscar, averiguar, escuchar a otros, tamizar, relativizar, mantener la calma, suspender las vacaciones, esperar, esperar y esperar. 16 días de ver crecer los presupuestos hasta duplicar y casi triplicar los ingresos mensuales. 16 días de baños con agua fría, con un baldecito puesto en el microondas o en el gimnasio. 16 días de comer de rotisería o casi frío, sabiendo que no es lo que hay que comer según el entrenamiento. Y cuatro días de saber que alguien cercano se murió probablemente por no balancear alimentación, descanso y entrenamiento.

De los 12 quedó uno. Un señor muy mayor, a punto de jubilarse. Tiene varias personas a cargo, una de ellas es su hijo. 
Acordamos el modo de trabajo y el precio. Acordamos que yo iba a ocuparme de contratar y pagar al vidriero, que trabajaría según sus indicaciones. 

Acordamos hacer la prueba de hermeticidad -es lo que evalúa si hay pérdidas internas- el miércoles, un día antes de encarar la obra. 

"A las seis de la tarde." 
"¿Está seguro? Mire que puedo volver antes, eh!" 
"No, no, a las seis."
"Mejor, yo salgo de dar una capacitación en Constitución y puedo volver con tiempo." 

El resto de la obra se hacía el jueves, todo el día y viernes si quedaba algo. 

"Mire que me estoy pidiendo los días en el trabajo, ¿eh?"
"No te preocupes, pongo a trabajar a uno en la cocina, a otro en el calefón y otro con la estufa."
"Genial, yo coordino con la vidriería."

Él tenía las rejillas oficiales, las únicas que aprueba Metrogás, él tenía los azulejos de reposición, él cobraba un precio razonable, parecía escuchar y entender.
El sábado vacié toda la cocina. La vida empezaba a parecerse a los años de campamento.

El primer día en que tenía que llamar no llamó. Tenía que haber sido una pauta de alarma.
El primer día en que tenía que venir se atrasó. Cumplida la hora de demora lo llamo. "Ah, si, pasamos temprano, no había nadie", me informa el hijo. Claro, no arreglamos temprano. Arreglamos tarde. Tarde yo estaba, y esperando. "Ah, claro, qué cabeza la mía, ahora que me lo dice me acuerdo que usted me dijo que temprano iba a estar trabajando", me dice el padre. 

Agarro una escoba que tengo para ocasiones especiales y barro para un costadito las ganas de putearlo en arameo. Además, ahora ya no consideraba importante hacer la prueba de hermeticidad un día antes de la obra. 

"Jueves, 9.30. No, antes no, porque tengo que ir a Metrogas." 
"Mire que pedí el día en el trabajo, ¡eh!"

A las 10.30 -claramente, nunca vino- lo llamo. "Ah, sí, es que estoy retrasado. Ya voy."
Pasaron cinco horas y media de retraso, cuatro y media desde la última comunicación. 
Tiene cuatro líneas de teléfono que nadie atiende. 

Mis bolsillos suelen estar llenos de alternativas. Que yo me quede sin alguna alternativa para explorar es algo que pasa cada muerte de obispo. Justo hoy. Justo hoy.


viernes, 14 de octubre de 2011

Gasista matriculado de cabecera, esa nueva necesidad


Perdí la cuenta de la cantidad de "Ah sí, a mi prima -hermano, madre y siguen las opciones- le pasó la semana pasada -el mes pasado, hace dos años" que escuché en el último par de días. Ahora resulta que todos sabían que Metrogas cae de sopetón y corta el gas desatando un proceso de complicaciones que dura un mínimo de 20 días. 20 días sin gas, se entiende, ¿no?

Quizás este post sea un aporte a todos los incautos que todavía no se enteraron. Ojalá sirva para que muchos puedan decirle al pedazodepapavivente de Metrogas (brillante insulto que tomo prestado a un ex alumno dicho a su compañera de 10 años) "In your face, tengo todo bien, devolvéme la conexión".

El proceso es así: la compañía aparece a revisar un supuesto problema, generalmente denunciado DESDE ADENTRO DEL EDIFICIO. Si hay un problema real lo resuelve, y además revisa cada unidad del edificio. Hace un informe por unidad y donde haya alguna "irregularidad", conexión clandestina, defectuosa o lo que ellos consideren peligroso no devuelven el gas. 
Ahí empieza la caza del matriculado, ese sujeto esquivo, aprovechador y más difícil de encontrar libre que un cirujano de moda, que pase un presupuesto, tenga tiempo de trabajar, haga el trabajo y tramite ante Metrogas la reforma para que "en las próximas 72 horas" llegue un auditor que revise todo y habilite nuevamente la conexión.

Ya sé. Pensás que que estás en el grupo de los que le van a decir "In your face..." sin hacer nada. Todos pasamos por ese estadio. Mi mejor consejo es que salgas rápido de ahí. Perdés el tiempo diciendo que no hiciste reformas, que siempre los arreglos y modificaciones las hizo un matriculado, que sos un obsesivo de la seguridad o que eso les pasa a los porteños y que no te va a tocar. No señor. Es para la Argentina completita. Este es un país federal para las desgracias. 
A nosotros no nos salvó ni que el arquitecto del edificio viva en él. Olvidáte de zafar. 
Hay un detalle que te estás perdiendo: la empresa cambia las reglas todo el tiempo y según me informó el ENARGAS (organismo creado para defendernos de los abusos de la empresa de gas, la que sea), las difunde a través de ese papel que manda cada dos meses y que NADIE  que usa home banking mira. (Hay gente que sí lee facturas que me dijo que las normas que cambian no aparecen ahí. Y la empleada de Metrog... perdón, del ENARGAS  me sugirió que presente una nota para plantear mi disconformidad con la estrategia de comunicación de novedades que tiene la empresa. Y yo, que tengo educación y habilidad para el control de impulsos no la mandé a lavarse las partes.)

Pasado en limpio: Metrogas (o la empresa de tu ciudad) puede cambiar las normas de habilitación, no avisar, que caiga una inspección que te deje sin gas. 

No hablamos de algo peligroso: mi edificio es pura ventana. Se construyó y habilitó hace casi 30 años así. Tiene un buen nivel de mantenimiento. Hoy TODOS los departamentos tienen que hacer un AGUJERO EN LA VENTANA PARA PONER UNA REJILLA. Un agujero arriba, porque hay una cocina, y una rejilla abajo porque a 3 cm (3cm, ¿se entiende?) de la cocina hay un lavarropas. Una rejilla de determinadas características, medidas y no sé qué más. Hace dos años un matriculado instaló un calefón con un caño corrugado (sí, se llama como el cartón). Hoy es ilegal usar ese caño. Y hasta que eso no esté cambiado no van a volver a conectar el gas. La única lógica aparente es cumplir una supuesta regla -nunca nos mostraron las normativas- y hacer caja a través de los matriculados. 

Todo el proceso no tarda menos de 20 días. Familias en procesión a bañarse al club, a la casa de la abuela, toneladas de comida de rotisería chorreantes de grasa, bolsos con ropa, amigos que solidarios ofrecen sus cocinas y aparatos eléctricos para comer algo más que salchichas hervidas en microondas. La búsqueda del matriculado, los malabares de gastos para pagar el chiste (por mínimas modificaciones nos están pasando alrededor de 1000 pesos), el dinero perdido por quedarse a gestionar el despiole durante varios días.

A vos, que estás a tiempo, te sugiero que contrates un buen gasista matriculado que revise toda la instalación sin apuros y lo repitas cada tanto. Que apures a la administración del edificio a que haga algo colectivo y organizado. Y si estás por alquilar exijas estos datos antes. En dos días recolecté pilade historias que incluyen un alquiler y mudanza con dos meses sin gas por este temita. Parece que ahora el gasista matriculado de cabecera es otra necesidad. 

¿Que podrían dejar un aviso y dar un plazo para hacer los arreglos? Sí, claro. Pero el ENARGAS  informa que el corte subrepticio es legal. "Metrogas es la única empresa de servicios públicos que puede hacerlo", dice la empleada de Metrog... perdón, del ENARGAS. 
¿Que esta caza de incautos tenga que ver con la cantidad de edificios que hoy se construyen sin instalación de gas? Puede ser. A mercados perdidos hay que buscar otros modos de reactivar la profesión. Pero no sé, no tengo mucho más tiempo de pensar en conspiraciones. 
Tengo que ir a buscar una hornalla eléctrica que me presta una amiga, rogarle nuevamente a una matriculado que venga mañana a ver si afloja y pasar por el gym a bañarme. Y mientras esté sobre la cinta, recordar a esos vecinos históricos generadores de problemas, que, casualmente, "se encuentran de viaje" mientras todos los demás vivimos sin gas. Porque todavía no sabemos quién hizo la denuncia. Averiguarlo queda para después, y cuando lo sepamos necesitaremos una hoguera. O dos.

Buenas tardes. 
(sí, robado a Alejandro Dolina en la Revista Humor, ¿y qué?)



miércoles, 12 de octubre de 2011

Falso Martes 13

Un martes 13 que se desarrolla en miércoles 12 bien puede empezar en martes 11, aunque sea imperceptiblemente. 

"Se informa ... (sarasa sarasa sarasa)... el gas será cortado mañana miércoles 12 entre las 11 y las 16", decía el cartel pegado anoche en el ascensor. Cuentas rápidas: mañana salgo a las 11. Perfecto. El problema no es problema: a la vuelta ya hay gas nuevamente.
Amanece. Los muchachos de Metrogas decidieron arrancar temprano. A las 7 están bajando cosas, 7.30 mi cama se sacude al ritmo de esa herramienta que levanta el pavimento. Divino. 
¿Qué novedades habrá? Busco el teléfono. En Twitter siguen hablando del partido Argentina - Venezuela. Bajo por el TL y el tema se repite. Claro, la última actualización fue hace 7 horas. "Bué, resetear en caliente, más tarde lo hago."
Desde la compu me entero que blackberry tiene un problemita mundial, que no es mi teléfono. Ajá. Anticipo un día duro mientras veo usuarios de otros sistemas morir de risa. Es cierto que hay gente que usa los recursos de blackberry con fines sociales, tanto como que otra tiene montado en su teléfono una serie de recursos para trabajar, que involucran  mucha gente. Yo estoy en medio, y tener un día de trabajo en la calle no ayudaba mucho.

8.30 saltó el calefón, avisando del corte de gas. Sí, sí, el falso martes 13 seguía con ducha de agua fría.
La mañana transcurrió resolviendo problemas laborales cotidianos que no pueden achacarse a un falso martes 13.

"¿Usted quiere que hagamos el trabajo rápido o bien?" le grita el empleado de Metrogas a una vecina. "Ay, señor, qué duro va a ser esto", pienso mientras espero el colectivo, 18 minutos a las 11 de la mañana. Llego a Constitución después de una hora y media de viaje, 700 pins del colega que me estaba esperando y nunca me llegaron, 3 llamadas perdidas y cero modo de conectarme con él para avisar que el viaje de una hora tuvo 50% de inflación: cambió su número y sólo nos conectamos por mail y BBM. Pero llego. Nadie me vio cruzar la 9 de julio. Bueno, deseo que nadie me haya visto cruzar tan mal.

Me pierdo dentro de un edificio en el que programé un evento hace 3 meses manejando los planos. Me odio, por eso, por tener que pedir ayuda y por llegar tarde. También odio no tener presentación porque el aula no tiene internet y yo la dejé colgada. El falso martes 13 venía a todo vapor.

"Acompañáme a buscar los documentos y te invito a comer a un lugar que a mi me gusta mucho", me propone colega después de la clase compartida. Genial, cambiemos de aire. 
Le propongo los atajos para evitar los obstáculos que pone el personal de seguridad del RENAPER pero fracasamos estrepitosamente y nos vamos a la hora con las manos vacías, o llenas de impotencia frente al abuso de poder y maltrato al ciudadano. "Y ENCIMA NO LO PUEDO TWITTEAR", me desespero. 

La comida fue un remanso de trabajo y tranquilidad, salpicados por el intercambio de los mails y pins y botellas al mar que cada uno mandó al otro. Cada vibración de uno de los dos teléfonos era una alegría compartida. ¿A ver, a ver? ¿Tuyo o mío? ¿Qué te entró? Sí, ya sé: dos quinceañeras. En fin. 

Ahora, charlemos de la lluvia que se largó y de la cual yo no estaba avisada. "I'm singing in the rain...", cantaba una nena mientras revoleaba el paraguas y yo chapoteaba en las vereditas angostas de San Telmo y pensaba en las mañanas de lluvia con Magdalena en la radio, y Fred Astaire...

¿No es genial esperar el 29 abajo de la lluvia por 15 minutos en una vereda en donde no entran dos personas? No, no es genial. Menos tardar una hora 25 en llegar a entrenar y felicitarme por llevar un cambio de zapatillas encima. Porque... ¿quién no lleva un cambio de zapatillas encima por si se larga a llover pero no carga un paraguas? (Nosotros, la izquier... no,, perdón)

Corro y pienso. ¿En qué habrá quedado lo del gas? ¿Habrán terminado antes de la lluvia? Imagino una vida sin agua caliente. La practicidad me lleva a plantearme si no debería bañarme en el gimnasio, aunque no tenga un tercer cambio de ropa. Si decido llevar un tercer cambio tendría que cambiar bolso por container. 
"Seee... elongué re bien", me despido. Hago tres cuadras en la oscuridad, bajo la lluvia, saltando charcos, baldosas flojas y desechos perrunos reblandecidos. "Y eso que vivo en una zona favorecida...¿cómo se vivirá en Barracas? Y si no hay gas ¿qué tengo en el freezer para bajar?" Si, no andaba con un pensamiento muy lineal. ¿Sería la abstinencia de twitter? #komosaver... 

 La cara del portero y la playa de estacionamiento de deliverys en que se había convertido la vereda de casa me avisaban que el falso martes 13 estaba vivo. Y el gas estaba muerto. Y el portero no sabía cómo decirme lo que tenía para decir, que iba a repetir a los otros 45 adultos responsables de una casa."Puede que vengan hoy, hasta las 22, o mañana, todo el día a las 22. Al departamento que no puedan entrar no le van a dar gas. Y al que tenga conexiones ilegales tampoco. Sí, si, sin horario." El hombre estaba desencajado. Todos sabemos que era un abuso de parte de una empresa que buscaba hacer caja. "Son burocracias, son burocracias, la pérdida era sobre un caño de la calle y ya está resuelta", se desesperaba. Subí a la segunda ducha con agua helada del día cuando empezaba a bajar la gente que hizo conexiones ilegales de gas a llorar su desgracia. Para ellos el falso martes 13 amenazaba con prolongarse más que el mío. 

Son las 22. La cuadrilla no llegó. El paquete blackberry tampoco. Y la vida sigue.
Un martes 13 que se desarrolla en miércoles 12 bien puede empezar en martes 11, aunque sea imperceptiblemente. Y terminar en jueves 13. O no tener fecha cierta de terminación. #komosaver...