domingo, 12 de febrero de 2012

"Los genios no crean problemas." Una respuesta al spot de la SUBE



Estimado Ing. Agr. Juan Pablo Schiavi:

Le escribo en tanto responsable de la Secretaría de Transporte de la Nación. Asumo que ud. acuerda con la última campaña sobre la tarjeta SUBE: no sólo permitió que se pusiera al aire sino que hizo suyas  las expresiones que se ven en el spot. 

Ayer obtuve mi tarjeta SUBE. Tardé 5 minutos y la gestioné a 8 cuadras de mi casa. No tengo objeciones al respecto.


Quiero dar respuesta a las preguntas que plantea el spot de propaganda, ya que probablemente mis respuestas o algunas de ellas representen a más de una persona. 


Paso a explicarle por qué no la obtuve antes:

Lejos de ser una persona "que deja todo para último momento" soy bastante organizada. Anticipo, planifico y colecciono cargadas de amigos que prefieren vivir distinto. 
Pienso mis decisiones y no consumo objetos y servicios que considero que no necesito. 
Antes de salir a buscar una solución reviso bien cuál es el problema. Parece razonable ¿no?  

Cuando surgió la tarjeta SUBE quienes viajábamos en colectivos teníamos el problema de conseguir monedas. 
Para resolverlo elaboré varias estrategias paralelas buscando que nunca me faltaran: conocer mi stock, pasar frecuentemente por bancos hasta descubrir aquellos que entregaban más cantidad, comprar en efectivo en comercios que daban vuelto en monedas sin discutir son las que recuerdo. Nunca me faltaron monedas, pero tenía que ocuparme. 
La necesidad estaba resuelta. ¿Para qué tener una SUBE?

Con el anuncio de la aparición de la tarjeta SUBE los problemas fueron desapareciendo. Mucha gente cada vez iba necesitando menos. Probablemente los empresarios que las retenían decidieron dejar de hacerlo.
Esto hizo que no fuera tan necesario poner tanta energía en ocuparse.
¿Para qué quería tener la tarjeta SUBE si no la necesitaba?

Por otra parte, para viajar en subte existe la tarjeta Subtepass. Se pueden comprar tantos viajes como se desee y tener una en cada cartera o mochila para evitar olvidos. La tarjeta tiene impreso el saldo para evitar sorpresas. Anticipar la compra permite evitar las colas. 
Las monedas permiten ser distribuidas en bolsillos y evitar abrir una cartera, bolso, mochila en la calle. Las tarjetas SUBE son incómodas en bolsillos de ropa de mujer habitual. Algunas prendas no tienen bolsillos. Si la tarjeta se pierde o es robada requiere hacer trámites. 
Todavía no había motivo para tener una SUBE.

Pasaron los meses. No queda claro si lo que cambió fue la necesidad del Estado, la política de Estado o la comunicación. 
Los incentivos que comunicaron las propagandas del Gobierno para la obtención de la tarjeta siempre fueron dirigidos a mejorar las condiciones de viaje de quienes tenían problemas con las monedas. 
Sin falta de monedas, seguía siendo innecesario tener una tarjeta SUBE.

Hace unas semanas el Gobierno volvió a insistir con la obtención de la tarjeta. Y la comunicación fue sumamente imprecisa con respecto a los motivos. 
En un clima general de incertidumbre con respecto a quita de subsidios a los servicios públicos "parecía" que iba a haber aumento de tarifas. Más allá de eufemismos sobre quita de subsidios, aumento de tarifas o como lo quieran implementar técnicamente, lo que a "la sociedad que deja todo para último momento" le importa es saber cómo se modificarán sus cuentas a pagar. Los adultos pretendemos saber cómo se verá afectada nuestra economía para poder tomar decisiones. Ya pasamos varios meses de incertidumbre. Quienes vivimos en la Ciudad de Buenos Aires además padecemos la vaguedad a la que nos somete el gobierno municipal por los mismos temas.

Ciertos medios publican vaguedades sin fuentes y ustedes no aportan datos. Los ciudadanos quedamos en el medio. Las únicas certezas son las cuentas de supermercado: ahí todo aumenta semana a semana.

En el último spot los ciudadanos sin tarjeta SUBE somos tratados como niños que no hicieron la tarea. Una tarea que no sabíamos que teníamos. Nos "perdonan" y dan una prórroga para que corramos a sacarla, so pena de que en unos días nos la cobrarán. Y todo nos lleva a pensar que pagaremos más por el viaje, y frente a la falta de información oficial sospechamos que en breve muchos pagaremos la misma tarifa que los que pagan con monedas.

Ser honesto en la comunicación ahorra problemas. No crear problemas es mejor que tener que salir a buscar soluciones. 

Pedir colaboración a los ciudadanos porque el Estado necesita los datos que se cargan en una SUBE para decidir la nueva política de subsidios es honesto y probablemente muchos hubiéramos colaborado con gusto. No somos nosotros los responsables de escudriñar dentro de la comunicación gubernamental qué habrán querido decir en eso que dijeron. Hipotetizar nos deja en el mismo lugar que los medios de comunicación que ustedes critican. 

Infantilizarnos con un gesto de adulto que pone el límite cuando él lo necesita no es buena idea. Menos cuando no hablamos de niños sino de una comunicación dirigida a ciudadanos adultos maduros.

Lo que hicieron  genera la sensación de que estamos en manos de gente que por pelearse entre sí se olvida de para qué está donde está. 
No se olviden: no están para crear nuevos problemas y constituirse en los genios que traen la solución. Los genios no crean problemas.

Muchas gracias.




viernes, 10 de febrero de 2012

Indignarse es más cómodo

Hasta hace unos años lo más común era verlos en las veredas, en los bares, en las sobremesas de domingo. También andaban por las aulas universitarias y en 2002 circularon por las asambleas barriales de la ciudad de Buenos Aires. Para ser como ellos se requiere una mente pequeña y el dedo listo para marcar aquello que tiene que cambiar. Es fundamental el dedo: señalará algo que está fuera de la responsabilidad propia. La buena o mala intención es opcional.

Con la popularización de las nuevas tecnologías agrandaron el territorio: ya no hablan en una pequeña baldosa sino que se conectan con gente de todo el mundo. Y hoy, con saber expandir los 140 caracteres que hayan escrito sienten que cumplen su misión.

No es nuevo indignarse por eso que le pasa a otros bien lejos y de un modo en el que las cosas queden en una proclama. Los más experiementados arman líneas de pensamiento que sostienen que cortar una calle céntrica de Buenos Aires en plena hora pico beneficiará a los oprimidos de Puchukjistán.  

 Y mientras tanto... 

... están los pibes que cada anochecer circulan con carros metiendo las manos en la basura para sacar algo que les sirva. Meten las manos en la basura. ¿Te imaginaste alguna vez en esa situación? ¿Pensaste alguna vez si lo que llevás a tu casa depende de lo que puedas encontrar en la basura? (No, no entremos en el "ahora están en una cooperativa, y tienen uniforme con cintas reflectantes". Por favor.

...y está el señor que vive en la puerta del Banco Francés de Scalabrini con su weimaranner obeso y otro perrito. Sobre la boca del subte logró armar un dormitorio con TV, equipo de música, árbol de navidad con luces. Hay tardes en las que pone sahumerios en el florero donde hay unas flores plásticas. Hay gente que se para a mirar qué programa tiene en la TV. Y en la escenografía que construye nos olvidamos que ahí hay una persona y que esa es su casa. Estamos más pendientes de las nuevas adquisiciones que de saber quién es, porqué está ahí y si hay algo que podemos hacer para que viva en un lugar mejor. 
En el barrio tenemos varios ejemplos, cito este por emblemático. 

... en la ciudad de Buenos Aires hay mujeres y varones que buscan en las calles un cliente para prostituirse. Otros lo hacen en espacios cerrados. Y cada tanto nos enteramos de que en algún lugar hay menores o no sometidos para que otros ganen, por sexo, droga, o prendas de vestir. O lo que sea. 

... en Barracas, en Retiro, en Constitución, en la puerta de Alto Palermo hay chicos consumiendo droga. Son pibes que no recuerdan comer sentados a una mesa, una caricia, una ducha caliente. A veces están tan pasados que caen en medio del camino. Les pasamos por el costado. Apuramos el paso mientras manoteamos un pañuelo del bolsillo y agarramos fuerte la cartera. La angustia se disipa cuando el colectivo se aleja, pero ellos siguen ahí, haciendo lo que pueden por los flecos de infancia que les quedan.

Toda esa gente - es gente- tiene una sola vida -como nosotros-. Mientras algo -o nada- se resuelve la vida pasa. Naturalizamos barbaridades o convenientemente las olvidamos. Indignarse por algo lejano, levantar el dedo para marcar lo que ellos hacen mal puede mitigar eso. 

Pienso en la indignación selectiva que lleva a criticar la decisión editorial de poner en portada la intimidad de la muerte justo el día en que le toca a una modelo, sin destacar que todas las semanas publican ejemplos similares. Y quizás en esa indignación ni siquiera darse cuenta de que se participa en una campaña montada  para lavar la imagen de gente que toda la vida se dedicó a la mugre.

Pienso en la incoherencia de indignarse por la represión en una provincia lejana desde una habitación porteña con aire acondicionado pero pedirla cuando un grupo de trabajadores reclama cortando la calle en el camino propio. (Y no, no estoy avalando ninguna represión. Al contrario, cuando el Estado hace uso de la fuerza es porque antes falló en la detección de una necesidad y en el diálogo necesario para resolverla. El uso de la fuerza da cuenta del mal uso de la palabra. Y yo prefiero el buen uso de la palabra y que el más fuerte -el Estado en este caso- asuma la responsabilidad y sepa manejar provocaciones.)

Pienso en la participación en campañas virales por los temas más justos y también los más pavotes o intrascendentes. ¿Cuántos ejemplos podemos dar de un cambio real por generar un trending topic*? Sin embargo, todos los días aparece alguien con las mejores intenciones dejando pilas de energía "para que #TalCosa sea TT". Hay quienes un día participan de un #NoALaCosaMásTerribleDelUniverso y al siguiente promueven la discriminación, el racismo, el odio cada día y no sólo en las redes sociales sino en el mundo de los átomos. Pero lo importante es generar el TT. Hoy hablamos de eso, quizás  un presentador de notas en TV -que nunca entiende de qué va Twitter- lo comenta y 364 días avalamos o sostenemos prácticas que ignoran, subvaloran, humillan y hasta someten a otros más débiles.  

Es loable indignarse por lo injusto. También es cómodo cuando a lo injusto sólo podemos aportar indignación. Eso incluye desparramar acusaciones contra los que no se indignan, o se indignan por temas "equivocados". Que les paga la corpo, que les paga la opo, que les paga La Cámpora, y así. 
Cambiar el mundo es bastante más complejo. Aceptar que requiere dialogar, negociar, acordar, y notar que somos una gota es sólo un inicio. Ponerle el cuerpo a cambiar el mundo es muy exigente. Hay gente que cada día se duerme agotada en los intentos. Otros cursan la vida en estado de indignación.


*Un trending topic o TT es uno de los temas más mencionados en la red social Twitter.




jueves, 26 de enero de 2012

El trabajo fue una excusa

   Crecí en una época en la que el valor estaba en conseguir lo durable: objetos, vínculos, emociones. 
   La ropa tenía que ser de la mejor tela, con las mejores costuras, clásica y combinable. Los muebles, de la mejor madera y el mejor diseño. La tecnología (entendida como los avances: un aparato de TV, un radiograbador, una heladera con freezer) era para durar muchos, muchos años. 
   El novio buscado era el que podía convertirse en un marido para toda la vida.
   Los deseos eran para siempre: una carrera, salir de la casa paterna, una casa, ser parte de un gran proyecto, viajar.
  Por eso me costó aprender que hay cosas que tienen un objetivo por cumplir y una vez cumplido se convierten en lastre. Descubrí que hay situaciones que vienen a la vida para algo y no saber correrlas a tiempo para buscar nuevos desafíos tiene el riesgo de aguantar una mutación que las convierte en algo no deseado.  
   Encontrar el punto para soltarlas es arte. La agonía puede evitarse. 

  Que aquel trabajo viniera en un momento en el que apenas me quedaban unos pesos podía llevarme a pensar en que el objetivo era pagar las cuentas. Claramente fue así. También fue una nueva hoja del libro de la vida: después de haber completado una maestría y de buscar trabajo por dos años había un lugar para mí en una parte. Alguien veía que yo podía hacer un aporte. Alguien me rescataba en un tiempo en el que todavía se veían muertos vivos caminando por la calle, al borde de la locura por el desempleo. No era poco. 

   Lo que no supe en ese momento es todo lo que traía atrás: la mayoría de las cosas que aprendí en esa clínica hicieron mejor mi vida. 
   Lo que tampoco supe en ese momento, ni hasta tres años después, fue que eso mismo que hizo mejor mi vida era lo que iba a llevar a que ese trabajo se terminara. 

   A diferencia de muchos de mis compañeros, yo decidí poner en práctica todo aquello que tuve que aprender para enseñar a los pacientes. Saber, hacerse cargo de las decisiones que se toman, decir NO cuando una no quiere, rodearse de personas que nos hacen bien, nos permiten crecer y correr a la gente que boicotea el cambio, ocuparse y hacer en vez de quejarse, quejarse si tiene sentido y en los lugares en los que las cosas se resuelven, guardar la intimidad de quien nos abre las puertas, hacer valer los derechos propios,  la verdad como camino más corto a las soluciones, el ejercicio de la vida sana porque es buena y porque modeliza... "Es bueno para todos", era el lema. Yo lo intercalé en mi vida para que fuera parte de la trama y funcionó.
  
   No fue un proceso fácil. Cataratas de lágrimas, enfermedades varias cursadas entre compañeros de trabajo -médicos- que no las veían, exceso de trabajo producto de la pasión por las cosas bien hechas entre compañeros que buscaban zafar ("total el Dr. se olvida y se le pasa"). No estuve sola: tuve la compañía, asistencia y disponibilidad incondicional de una colega, el apoyo de un equipo de colaboradoras formadas a imagen y semejanza y aliados ocasionales. 

        Lo noté pasado un tiempo: en algún momento los intereses de la empresa -de los dueños- iban a chocar con eso mismo que ellos enseñaban, promovían y -de palabra- pretendían. Si hoy tuviera que volver a elegir, elegiría lo mismo. Nunca tuve dudas: es lo que me hace ser una persona sana. Necesitaba dejar de pedir disculpas por tener que trabajar para pagar las cuentas y aceptar casi cualquier cosa "razonable" para no molestar a quien me daba trabajo.  

   Amaba profundamente lo que hacía. Fuera del ejercicio del periodismo fue la actividad que tuvo más que ver conmigo. Enseñar, ayudar, comprender a gente que no la pasa bien y darle herramientas para que puedan cambiar su vida. Empoderarlos para que ellos decidieran e hicieran mejor su vida.

   Llegué a poder establecer diferencias: era feliz con mi trabajo pero profundamente infeliz con las cosas a las que había que someterse para mantenerlo: maltrato, violencia, mentiras, mediocridad, falta de recursos de todo tipo, desconfianza. El celular sonando era un vuelco del corazón, el anuncio de un drama que, o no era tal, o que iba a ser resuelto de tal manera que el remedio sería peor. O iba a girar, y girar, y girar para nunca resolverse. Y el celular sonaba un viernes a las 23, un domingo a las 7, un 31 de diciembre a la tarde. 

   

   Me dolía pensar en irme. Casi un año calendario me llevó afirmarme y consolidar pensamientos y modos de ser que me llevaran a no permitir nunca más el maltrato, la humillación, la violencia, la mentira, el desinterés. Sabía que si no resolvía eso la secuencia se repetiría. 
   Doce meses para consolidar que nadie, nunca más y por ningún motivo me gritaría, ni me pondría una dosis bestial de benzodiazepinas que me dejar empastada por cinco días, ni firmaría mi trabajo sin mi consentimiento, ni se aprovecharía de mi pasión, ni de mis debilidades. 

   Unos meses más tarde yo estaba más sana y había dejado de ser funcional a la enfermedad de la institución. Cuando llegó el despido, sólo me tomó por sorpresa la violencia innecesaria del modo y el momento. Fue tan torpe y descuidado que recargó y complicó a los que quedaban, en un tiempo en que quedaban pocos. (También quedaban pocos pacientes, imposible retenerlos producto del maltrato que desbordaba hacia abajo) Visto a la distancia hasta suena coherente. 

   Yo creí que quería un trabajo. Y no. Sólo necesitaba pagar las cuentas y elegía el modo en el que sabía hacerlo: trabajando. 
   Pero lo que verdaderamente necesitaba -y en eso no había escapatoria- era encontrar el modo de valorarme, porque mi vida era un infierno en el que todo el mundo -no sólo desde el mundo del trabajo- sentía que tenía derecho a intervenir. Y lo sentían porque yo lo habilitaba. 

   En ese lugar en el que trabajé cuatro años y dos meses encontré las herramientas para que nunca más nadie tuviera en mi vida un espacio para el maltrato, el menosprecio,el avasallamiento, la humillación, la conversión de las virtudes en defectos, el saber y la profesionalidad como disvalor. 
   Esta semana se cumplen tres años de aquel despido violento. Todo lo aprendido ahí sigue vigente, corregido y aumentado. Más que suficiente para agradecer aquella oportunidad y celebrar. El trabajo fue una excusa.





domingo, 1 de enero de 2012

Deseos en el Salad Bar

Ah, los buenos deseos que se amontonan en un año nuevito. No soy de ocuparme de las fechas especiales, esto es raro en mí. 
Durante un par de días tuve a un muñeco sentado en el hombro que me dictaba deseos para gente que quiero y aprecio. Bastó sentarme frente a la pantalla para escribirlos para olvidarlo todo. Acá queda lo que pude rearmar. 
Originalmente pensaba en alguien y le deseaba algo, como en una charla. Al segundo día me dí cuenta de que había deseos que tenía para más de uno. Y después pensé que yo deseo desde lo que sé y no lo sé todo, por eso esta mesa de ensaladas. Vení, pasá. Ponéte cómodo, armáte tu plato. 
Levantáte a servirte las veces que quieras. Saboreálos de a uno o combinados. Usá plato chico y volvé. Todo el tiempo se repone.  

Para el año que comienza te deseo...

Que llegue ese trabajo, que te puedas ir de viaje, que se termine la tesis, que haya una casa nueva. Que puedas publicar, que encuentres productor, que llegue ese salto cualitativo del que tanto hablamos. Que terminen los arreglos, que descubras el amor en forma de compañera, compañero, de un hijo. Que armar esa fiesta de casamiento no fisure la pareja. Que ese gato deje de traernos tantos disgustos. Que el limonero dé frutos, que las palomas no vuelvan. Que ese que sabemos deje de hacerse el boludo (o que supere su miedo, que en este caso es medio parecido, you know).

Que puedas decir B A S T A si es que querés que algo se acabe. Fuerte y claro. Con gestos inequívocos. Son muy pocas las cosas que no pueden cambiarse. (No, no, la tuya no está en esa pequeña lista. De ninguna manera.)

Que te saques de encima la mirada censora. Que puedas espantar a ese monstruo que se te sienta en el hombro y te marca lo que está bien y lo que está mal. Sí, ese monstruo es académico, es familiar, es un amigo, es tu jefe, o peor... ex de cualquiera de esas categorías. Da igual. Sos vos quien no te permitís crecer. Está bien que "seas más" que los que te precedieron. Está bien que elijas algo que ellos no hubieran elegido. Disfrutá de tu vida sin culpa. Es tuya. (Además, ese académico, ese familiar, ese amigo censor también tiene inseguridades, incoherencias, decisiones de mierda, agachadas... y algunas se las conocemos.)

Que puedas rodearte de gente que te nutra, que te ayude a crecer, y que puedas nutrir y ayudar a crecer a otros.

Que dejes de mirar tus problemas como si fueran de otro, que buena parte de lo que te pasa se cambia con lo que hagas. Que aceptes que si eso que tanto querés no llega debe ser porque no estás dispuesto a hacer lo que hay que hacer para lograrlo o porque simplemente no es eso lo que querés. Que si querés resultados distintos no sirve hacer siempre lo mismo, que las cosas de la vida no se manejan como las apuestas de la ruleta. (Esa, -conceptualmente- está robada, creo que a Einstein. Perdón.)

Que por fin notes que llenarte de objetos sólo te llena de objetos. Que sacando unas pocas cosas, la mayoría de lo que necesitamos para vivir no se envuelve ni se cambia por dinero. Lo que necesitamos, no lo que creemos necesitar. (Esto no vale para mi cardiotacómetro ni para tu caprichito. Uno por persona aceptamos. O dos.)
Que puedas desprenderte de todo lo que te sobra. Objetos, vínculos, fantasías, frustraciones, miedos, kilos. Que lo que sobra es lastre y con lastre no se puede volar. Que puedas hacer espacio para lo nuevo, lo bonito, lo que hace bien.
Que descubras esas pequeñas cosas que dan alegría y bienestar y te ocupes de repetirlas varias veces por día.


Que te ocupes de tener una vida sana. El mundo va en contra de eso así que tenés razón, es todo un laburo. La sociedad se organiza alrededor de la comida. Mucha, grasosa, azucarada, llena de conservantes, innecesaria. Y con la boca llena es difícil decir cosas. La grasa no sólo tapa las arterias, también tapa los vínculos. Y a veces eso es cómodo, pero trae insatisfacción y termina en una unidad coronaria.

Que te desentierres del sillón o de las excusas. No conozco a nadie que no necesite moverse. (Necesite del verbo necesitar, no de querer, se entiende) Entonces, que llegues a los 10k, los 21, los 42 o que te calces zapatillas y ganes la calle: cada uno con su objetivo pero por favor hacélo porque te quiero vivo mucho rato. (Si vas a elegir rollers en vez de zapatillas vamos a tener que charlar pero te voy a seguir queriendo.)

Que entiendas que la vida sana incluye tu casa, y tu casa está en el planeta Tierra. Cuidar lo que hacemos, lo que consumimos, elegirlo a conciencia lleva a tener una casa mejor.

Que seas más piadoso con los que tuvieron menos oportunidades. Que gires la pelota y veas que la realidad tiene muchas caras. Que entiendas que cada uno elige desde las opciones que conoce y que si querés ayudar podés mostrar opciones que el otro no conocía. Y que si así y todo el otro sigue eligiendo algo que no te parece bien, es su vida y tiene derecho. (Esto no vale para los que escuchan música sin auriculares o hablan a los gritos, se entiende, ¿no?)

Que aceptes que el mundo no está a nuestra disposición ni hecho a nuestra imagen y semejanza y que eso de que "tu derecho termina donde empieza el mío" es una gran mentira. Hay derechos que se superponen y hay que sentarse a charlar cómo llevar esa convivencia. (Eso incluye a la gente que puteás a diario por cosas que te complican y tantas veces terminan en expresiones que discriminan.)

Que dejes de desparramar cosas que no son. Que no permitas que tu bronca distorsione la verdad. Que dejes de hacer lo que criticás en otros.(Sí, sí, y sí. Hacés lo que le criticás a otros cuando mandás fruta, cuando generalizás, cuando hablás de lo que no sabés, cuando repetís lo que alguien dijo y le ponés tu propio condimento, cuando elegís fuentes poco confiables...)

Que no te enojes con el mundo, que sólo te devuelve lo que le das. Entonces, que puedas revisar lo que das, porque eso es lo que vuelve.

Que entiendas que nadie es tan importante para nadie y que por lo tanto, lo malo que alguien hace no te lo hace a vos.

Que si estás orgulloso por haber tenido hijos y que eso no te haya cambiado la vida estás en problemas. Bah, ellos están en problemas. Que hacer algo para que ningún pibe tenga una infancia de mierda incluye a tus hijos. Y empieza por ellos.

Que disfrutes de haberte sacado esa bolsa de papas de encima y no te autoflageles por haber permitido semejante atropello en tu vida. Ya pasó. Aprendé para que no vuelva a pasar y ya. La vida sigue y tiene mil oportunidades.

Que te quejes y reclames en los lugares en los que las cosas tienen posibilidad de resolverse. En otro lado sólo astillás las gónadas del que te escucha. (¿Viste que manera tan fina e inclusiva para decir "rompés las bolas?")

Que puedas fundar y sostener vínculos de confianza. Que si la familia no responde busques por otro lado. Hay familias que son abominables y abrirse de ellas es promover salud. No son imprescindibles.


Que puedas separar lo que sos de lo que querés contar que sos. No hace falta mostrarte en carne viva en todo momento y lugar. Preserváte, es demasiada información que no sirve a nadie.


Que no te hagas cargo de la vida de los demás. Tenés una propia. Si no te gusta, rearmála, rediseñala, volvé a corregir. (Si, sí, y sí. SIEMPRE hay otra opción. El "es la única que me queda" no aplica más que para el deshauciado y el que requiere un transplante urgente. No, las explicaciones que incluyen a un dios del color y tamaño que sea tampoco. Después de los 8 años los amigos imaginarios son casi patológicos.)

Que sueltes la idea de que tenés que hacerte cargo de las malas decisiones de otros. Una vida de riesgo a la larga trae problemas. Y cada uno es responsable de las decisiones que toma.

Que puedas priorizar y aceptar que a veces para lograr algunas cosas hay que resignar otras, aunque sea por un tiempo. Todos los que logramos irnos de casa aceptamos trabajos que no nos gustaban y alternamos entre arroz, polenta y fideos. Es así. ("No somos hijas de Roschild", solía decir mi hermana.)

Que si todo esto te apabulla busques una, sólo una y nada más que una de las cosas que querés cambiar y te ocupes de hacerlo. Que sepas elegir algo razonable y posible: no vas a poder con la paz en el mundo pero sí hacer cosas para vivir tu propia vida en paz y desbordarla en tu lugar. Eso ya es bastante.

Que todo lo que hagas lo hagas a conciencia. Sea por acción o por omisión es lo que estás eligiendo, así que mejor que sepas tu para qué.

Y si todo esto sigue siendo mucho acá hay algo más básico: que encuentres lo que buscás. Ojo, no lo que te parece que buscás sino que aprendas a mirar qué es lo que verdaderamente deseás. Que lo sepas, que te enteres, básicamente para que dejes de buscar eso que no es.
Tirar de ese piolín, ponerle la vida a algo que te apasiona es lo que te mantiene atado a eso que algunos dicen que es la felicidad. 
Porque después de todo, te deseo un año de felicidad de ida y vuelta, como cuando volvemos a buscar algo rico al Salad Bar.


sábado, 31 de diciembre de 2011

Chau 2011. Cerrá desde afuera.

Un día el año se termina. Es una de las pocas certezas que la organización social nos da. 
El saber nos aportó calendarios que nos permiten anticipar, organizar, programar.
Si eso fuera todo, los deseos con tiempo estarían cumplidos. Bastaría con saber programar y yo sería campeona en el cumplimiento de deseos. Hasta podría poner una Agencia de Programación para Desorganizados. (Tendría que anotarme esta idea por si alguna vez las cosas cambian.)
La cuestión es que termina 2011 y como diría alguien que no soy yo, "el pescado sin vender".
"2011, el año de las grandes expectativas, las energías puestas para cumplirlas y la nada concretada", fueron los pensamientos que como slogan empezaron a surgirme alrededor de octubre. 
Para mucha gente fue un gran año. Un año de crecer desde lo personal, desde lo profesional, desde los vínculos, desde lo patrimonial...
Tenía buenos objetivos. Empecé enero sabiendo que no quería volver a encerrarme en una oficina. Me pegó el viento en la terminal de Bariloche y supe que quería retomar la vieja idea de vivir ahí. Meses después vi que era inviable. Un empresario de la zona me lo confirmó: "No hay en toda la Patagonia un lugar para trabajar que pague lo que vos tendrías que ganar". Yo pensaba que estaba equivocado pero la realidad se encargaba de mostrarme que el señor tenía razón. Dos veces desmonté la casa. Dos veces la volví a armar.Y con la casa tuve que montar y desmontar ilusiones, energía, trabajos perdidos, favores pedidos... todo en silencio, porque mientras no se firman los contratos no puede decirse nada...
En agosto asumí que no era tiempo de ese cambio. Habían pasado 8 meses de vivir en el aire.
Volví a entrenar y pensé en pasarme enero en Bariloche para compensar. El gimnasio era mi oasis. El único lugar donde todo salía bien. 
Quería una alternativa laboral. Ya era suficiente lo del part time. Tampoco lo logré. 
Llegó una inspección de Metrogás, 45 días sin cocina ni agua caliente, mil angustias y un sueldo invertido en resolverlo. Sumále la quita de subsidios y el 350% de aumento en el ABL. Chau enero en Bariloche. Hola vacaciones en el calor de Buenos Aires que me anula y tanto detesto. 
Sobre eso llegó la lesión y el oasis mutó a espejismo. La meta de cerrar el año con 21k en un fondo se hizo irrealizable.
Y todo esto es sólo lo que estoy dispuesta a asumir en público. Mi 2011 fue un año para arañar, para retener lo que tenía, para no seguir perdiendo. Abandoné la sobreadaptación, mostré firmeza ante la realidad, me enojé con quienes quisieron obligarme a imaginar una realidad que se me hacía esquiva. Cuando no hay, no hay. Caerse de los sueños duele. Caerse de lo que le creemos a los otros sabiendo que es mentira es, además, de idiotas. Yo estaba dispuesta a volver a curarme las heridas -era eso o seguir sangrando, claro- pero no a sentirme idiota consciente. 
No es que no valore lo que tengo ni que no recuerde de dónde vengo, dónde estaba hace 9 años, 7 años, 3 años. Me acuerdo casi todos los días. Pero no me conformo ni pienso que poniendo energía y buena onda llegan las cosas que queremos. 
Por eso, cuando veo que tanta gente agradece un año maravilloso prefiero quedarme callada. Tienen derecho a disfrutarlo. Eso sí, cuando le dicen a 2012 "vas a tener que esforzarte mucho para ser mejor que tu antecesor" yo le digo que se venga nomás, que conmigo el esfuerzo es mínimo. 

jueves, 24 de noviembre de 2011

Gracias, porque no fue en vano

Un día todo parece querer volver a la normalidad. Claro, normalidad entendida como todo eso en lo que consistía la vida antes de que cortaran el gas. 
Quizás la normalidad cambie ahora que todo quiere volver a ser normal. 

No sé cómo agradecer a toda la gente que tuvo palabras de aliento, y menos que menos a todos los que intentaron acercar una idea o un dato para llegar a la solución. A muchos de ellos no los conozco, que es lo que se usa para decir que no los vi en mi vida aunque formen parte de la cotidianeidad a través de las redes sociales. Sin embargo ahí estuvo @animartino rastreando gasistas recomendados entre los porteros de su barrio, @laniniaz pasando el teléfono del suyo, @twyaya llamando a sus amigos contratistas, @arisetton trayendo el teléfono que efectivamente sirvió, @tampocolapavada haciendo de puente con @Bestiario123, @latostadaok sacándome declaraciones como "devuélvanme el derecho a cocinar", @naticarcavallo y @pgbianchi ofertando su cocina, @majogm ofreciéndome asilo sin contraprestación en su Principado (aunque yo sé que iba a terminar paseando a Fox y regando el jardín), @DonRamongo entendiéndome como nadie, @PueblaSol, que un día va a ser mi productora y mientras tanto ensaya,  @estebanrafele que en el medio del bolonqui me ofreció la vicecancillería del país -él va de canciller, claro-, @CarloXL reconociendo mis saberes en café en microondas, @leandrocamino, @solevallejos y tantos otros riéndose de mi humor -en franco descenso mientras iban pasando los días-, preguntando, comentando, compartiendo.

También aportaron amigos y compañeros de otras épocas que vuelven a la vida como adultos a través de las redes sociales. Cris -que me prometió ayuda para pintar el desastre que quedó-, Moni, Martín, Érica, Andrea, Mavi son los que recuerdo ahora y no fueron los únicos.

Mis más altos respetos al #aquelarre que estuvo en ese glorioso chat de BB a cualquier hora, igual que Vale y mis amigos 1.0 que quieren anonimato. Cualquier hora y para las preguntas más pavotas. Nos merecemos un Tuffic gigante, lo digo antes de que empiecen a reclamar #DueloDeBudines ahora que puedo volver a cocinar.

Gracias a Gustavo, a Kari, a Celia. Ellos también supieron estar y yo se los agradezco infinitamente. A veces se construye empatía haciéndole saber al otro que entiende el momento que pasa aunque no tenga una solución disponible. 

Gracias a Pau, que trabaja como recepcionista en el gimnasio pero es mucho, mucho más que eso. "No te preocupes. Podés venir a bañarte todos los días hasta que lo resuelvas, aunque no vengas a entrenar. No traigas nada, acá hay de todo", me dijo. Y así fue. Pensar que yo elegí el gimnasio para entrenar... 

Sé que falta gente en esta lista. Entiendan que un cerebro quemado -vaya paradoja, después de 44 días sin gas- no puede recordar todo y no fui tan prolija como para hacer una listita. Perdón por anticipado. 

Gracias a los protagonistas mudos: el baldecito verde, ese que tiene el tamaño justo para meterse en el microondas y calentar el agua para el baño, el jabón líquido y el pequeño taper que hicieron que el agua caliente rindiera más, "el bolso de bañarse" ida y vuelta al gimnasio, la hornallita fetiche que me prestó Male, las pruebas de rotiserías y la practicidad del DrCotoCocinero. Creo que no quiero volver a ver una milanesa por un par de años. O dos.

No estoy tan sobreadaptada como para agradecer a Metrogas haberme metido en este baile, pero nadie debería darse el lujo de pasar por una experiencia sin haber aprendido algo y yo agradezco que no haya pasado en vano. 
Esta vuelta me ocupé de ejercitar la paciencia. Acepté que pedir ayuda requiere escuchar y ser paciente porque es habitual que el otro piense que el problema empezó cuando él llega mientras una ya recorrió mil opciones.
A veces el otro no reacciona por ayudar sino por lo que le genera el problema. 
A veces el otro cree tener derecho a decidir, cuando el pedido fue aportar algo. 
Manejar estas y otras variables requiere de un equilibrio emocional importante, que no siempre está disponible. 
Elegí priorizar los problemas y no abrir nuevos frentes: a veces la gente que nos quiere coincide en reclamar cosas durante una crisis o elige ese momento para mostrar las supuestas malas decisiones que tomamos. No hay riesgo quirúrgico, no hace falta resolver todo junto. 
Pude plantarme frente al abuso y mostrar que no estaba dispuesta a ser robada con consentimiento. Y todavía me queda hacer la denuncia por estafa al gasista que se fue con el dinero sin hacer el trabajo. 

El capítulo "Gracias irónicas" es para la Administración del edificio, los vecinos individualistas y cero solidarios en todo el proceso, el ENARGAS, los matriculados que no estuvieron a la altura o directamente intentaron una estafa de cuatro cifras.

"Todo viaje es un viaje de ida", decía Juana Paula Manso. Ojalá sea verdad, que este viaje haya llegado a la Estación Terminal y todo vuelva a la normalidad. A una normalidad nueva, mejor si fuera posible. 

jueves, 3 de noviembre de 2011

Justo hoy, Justo.

Hola Monseñor Laguna. 
  Unos días más en la Tierra no eran diferencia. 
Podría haber esperado a que me habilitaran el gas. 


Un día a la rutina más o menos armónica que habías logrado armar se le aflojan las patas: una inspección decide que tu edificio tiene mal habilitadas las conexiones de gas y lo corta.
Se abre un panorama de burocracias, tecnicismos, logística para vivir sin gas por un tiempo largo y variable que depende, más que de ninguna otra cosa, de la suerte.
Llevo 22 días sin gas. Pasaron por mi casa -si no conté mal- 12 gasistas matriculados. Eliminé de la visita los que venían de recomendaciones dudosas, los que avisaron que no tenían matricula. También está el que se autoeliminó después de plantarme dos veces. 
De esos 12 eliminé a los que entraron con cara de "a ver cuánto le puedo cobrar a esta", los que ni quisieron mirar el papel que deja Metrogás, los que no sabían qué tenían que hacer, los que nunca volvieron con el presupuesto, los que intentaron una estafa cobrando más de tres veces lo que pagaron otros vecinos.
Habían pasado 16 días. 16 días de buscar, averiguar, escuchar a otros, tamizar, relativizar, mantener la calma, suspender las vacaciones, esperar, esperar y esperar. 16 días de ver crecer los presupuestos hasta duplicar y casi triplicar los ingresos mensuales. 16 días de baños con agua fría, con un baldecito puesto en el microondas o en el gimnasio. 16 días de comer de rotisería o casi frío, sabiendo que no es lo que hay que comer según el entrenamiento. Y cuatro días de saber que alguien cercano se murió probablemente por no balancear alimentación, descanso y entrenamiento.

De los 12 quedó uno. Un señor muy mayor, a punto de jubilarse. Tiene varias personas a cargo, una de ellas es su hijo. 
Acordamos el modo de trabajo y el precio. Acordamos que yo iba a ocuparme de contratar y pagar al vidriero, que trabajaría según sus indicaciones. 

Acordamos hacer la prueba de hermeticidad -es lo que evalúa si hay pérdidas internas- el miércoles, un día antes de encarar la obra. 

"A las seis de la tarde." 
"¿Está seguro? Mire que puedo volver antes, eh!" 
"No, no, a las seis."
"Mejor, yo salgo de dar una capacitación en Constitución y puedo volver con tiempo." 

El resto de la obra se hacía el jueves, todo el día y viernes si quedaba algo. 

"Mire que me estoy pidiendo los días en el trabajo, ¿eh?"
"No te preocupes, pongo a trabajar a uno en la cocina, a otro en el calefón y otro con la estufa."
"Genial, yo coordino con la vidriería."

Él tenía las rejillas oficiales, las únicas que aprueba Metrogás, él tenía los azulejos de reposición, él cobraba un precio razonable, parecía escuchar y entender.
El sábado vacié toda la cocina. La vida empezaba a parecerse a los años de campamento.

El primer día en que tenía que llamar no llamó. Tenía que haber sido una pauta de alarma.
El primer día en que tenía que venir se atrasó. Cumplida la hora de demora lo llamo. "Ah, si, pasamos temprano, no había nadie", me informa el hijo. Claro, no arreglamos temprano. Arreglamos tarde. Tarde yo estaba, y esperando. "Ah, claro, qué cabeza la mía, ahora que me lo dice me acuerdo que usted me dijo que temprano iba a estar trabajando", me dice el padre. 

Agarro una escoba que tengo para ocasiones especiales y barro para un costadito las ganas de putearlo en arameo. Además, ahora ya no consideraba importante hacer la prueba de hermeticidad un día antes de la obra. 

"Jueves, 9.30. No, antes no, porque tengo que ir a Metrogas." 
"Mire que pedí el día en el trabajo, ¡eh!"

A las 10.30 -claramente, nunca vino- lo llamo. "Ah, sí, es que estoy retrasado. Ya voy."
Pasaron cinco horas y media de retraso, cuatro y media desde la última comunicación. 
Tiene cuatro líneas de teléfono que nadie atiende. 

Mis bolsillos suelen estar llenos de alternativas. Que yo me quede sin alguna alternativa para explorar es algo que pasa cada muerte de obispo. Justo hoy. Justo hoy.